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2032, Una aventura espacial

     Nunca olvidaré cuando mi padre me llevó a ver el despegue del cohete Manco Cápac 1  desde el puerto espacial Miguel Grau en Piura.  No pude dormir mientras esperábamos que amaneciera; habíamos acampado, junto con decenas de miles de personas, en lo que antes había sido un desierto y hoy era una verde llanura. Un breve aguacero, que fue precedido por rayos y truenos, nos refrescó algo del calor y apagó algunas fogatas donde la gente asaba anchovetas.  Mi padre me dijo que el clima había cambiado y que antes la costa peruana era árida.  Mientras esperábamos el gran momento, me comentó como mi abuelo le había contado  que de niño había visto por  televisión  el lanzamiento del Saturno 5 y la llegada del Apolo 11 a la luna.  Si bien ahora no íbamos a nuestro satélite natural, todos sabíamos que ser el segundo país de América Latina, después de Brasil, de llevar hombres al espacio era para sentirse orgullosos.

     Podíamos ver en directo por medio de nuestro aparato holográfico en 4D lo que ocurría en la sala de control “Pedro Paulet” situada a pocos kilómetros de donde nos encontrábamos y en su salón VIP subterráneo en el cual estaban las personalidades invitadas. 

     – ¡Este es un momento histórico! -dijo el tres veces presidente Alan García-,  sus 140 kilos de peso no le impedían moverse con agilidad gracias al exoesqueleto hidráulico de titanio que lo sostenía.   Alejandro Toledo, anciano pero sin una sola cana, señalaba con voz engolada “los descendientes de los Incas conquistaremos el Hanan Pacha”;  el cinco veces congresista Gian Carlo Vacchelli,  comentaba que era una pena que el presidente Alberto Fujimori no estuviese vivo para ver este momento.  Hernando de Soto, nuestro Premio Nobel de Economía, explicaba que el Perú estaba a pocos años de entrar al primer mundo y bromeaba que estaba preparando una edición espacial de “El Otro Sendero” por su próximo medio siglo de publicación.  Un emocionado Ollanta Humala, nombrado Mariscal en su tercer período presidencial por haber ganado la segunda Guerra del Pacífico, guardaba silencio.  Lourdes Flores, por fin alcaldesa de Lima,  estaba radiante y decía cosas como “en el próximo lanzamiento me llevan”.

     – ¿Cómo hace Alan García para verse tan bien si tiene más de ochenta años? – pregunté a mi padre.

     – La ciencia ahora hace milagros hijo, células madre, órganos biónicos, terapia genética;  hay rumores que según su mapa de ADN es probable que llegue a vivir unos 120 años… ¡Quien lo aguanta!

     Tilsa Vargas, que había recuperado para el Perú el título de Miss Universo, rompiendo la hegemonía venezolana de varias décadas, lucía un vestido transparente, tapando lo mínimo con unos parches en forma de estrellas;  el ya retirado Andy Polo, capitán de la selección peruana campeona del mundo, no dejaba de admirarla.  Al verlo, mi padre comentó: “apenas se fue el salado de Burga despegó el fútbol peruano, felizmente que ese chico no se malogró como otros”.   Gastón Acurio  explicaba a un grupo de gente que él mismo había supervisado la alimentación de los astronautas, y que esta incluía granos y frutos andinos, esenciales para una buena digestión en la ingravidez.

     El veterano Gonzalo Iwasaki, locutor oficial del programa espacial peruano, informó  que en breves minutos 40 millones de peruanos, desde Guayaquil a Arica, desde la Isla de Pascua a La Paz iban a presenciar el inicio de la carrera espacial tripulada peruana.  Explicó que se trataba de un vector de tres etapas ensamblado en el Perú con partes chinas e indias. El módulo espacial “Antarqui” había sido construido en el país con apoyo brasileño y coreano. El sistema de navegación “Varayoc 5”, era 100% nacional, diseñado por la Marina y la Fuerza Aérea.  El computador central de la nave, “Amauta PX”, había sido ensamblado en el emporio tecnológico Wilson  con partes y piezas de distintos orígenes.

     – El Perú ofrece al mundo este puerto espacial como alternativa al de Kourou de la Guayana francesa y Alcántara, de Brasil –dijo Iwasaki-, los tres astronautas peruanos, dos hombres y una mujer,  después de lanzar manualmente el satélite meteorológico “Quilla 7”, fabricado por la UNI,  acoplarán la nave a la estación espacial china Confucio donde pasarán dos semanas realizando experimentos científicos con sus colegas chinos y de otras naciones. Después regresarán a la tierra para amarizar en el Océano Pacífico donde los espera el portahelicópteros Grau, buque insignia de nuestra Marina de Guerra.

     Cuando la gente ya se impacientaba por los extensos comentarios del locutor oficial,  habló el jefe del proyecto espacial peruano, el doctor Modesto Montoya, que haciendo honor a su nombre dijo que el lanzamiento de hoy era el esfuerzo de miles de ingenieros, técnicos y trabajadores peruanos y que recordaba con emoción el célebre discurso del entonces presidente García en su tercer período cuando prometió poner una tripulación peruana en el espacio antes de una década.  Después habló Abraham Levi informando  que el clima era muy bueno y que los ocasionales  aguaceros  no retrasarían el lanzamiento.

     Pasaron unos interminables minutos y por fin se escuchó la voz de la presidenta Nadine Heredia, que había insistido en dar la cuenta regresiva: 10, 9, 8, 7…  -aguantábamos  la respiración-  4, 3, 2, 1… ¡ignición!
La media oscuridad del alba dio paso a una explosión de luz que iluminó el mar y la costa cuando los 4 potentes motores  de combustible líquido se encendieron elevando, al principio lentamente,  las 240 toneladas  del cohete; la tierra empezó a temblar.

     – ¡Dale, dale! – Gritaba la multitud.

     – ¡Vamos al espacio! –exclamó mi padre- ¡nos lo merecemos carajo,  hoy no se jodió el Perú!

Lo miré con ternura y nos abrazamos; una llamarada naranja se elevaba al cielo y empezaba a llover otra vez.  
Nunca vi a mi padre tan feliz, aunque mi madre me había contado que se puso como loco cuando ganamos la Copa del Mundo, pero yo era una criatura y no recuerdo nada de aquella otra épica jornada.

Guillermo Guedes

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