Cinco Seis Siete Nueve, relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

www.relatos-cortos.es 

  • Tamaño del texto

Cinco Seis Siete Nueve

Todos permanecieron callados, evitaban mirarse unos a los otros y tenían puestos los ojos en el rostro de Alejandro que parado en el borde del cultivo sólo pensó en la ropa sucia, porque esa mañana había llegado al trabajo como solía hacerlo siempre a las siete en punto. Y la noticia acababa de cogerlo por sorpresa. Algo se le atragantaba del cuello hacia abajo sin dejarlo siquiera carraspear. Algo parecido a un animal que se atropella contra su propia agitación.

- ¿Está seguro?

- Por completo. Usté sabe que yo siempre oigo el resultado en las noticias apenas me despierto.

- Entonces no trabajo más y necesito que me den lo del pasaje.

- ¿Pero cuánto?

- Los doscientos que vale.

- Tenga, llévese cuatrocientos porque si no le dan la plata hoy entonces cómo se devuelve.

- Eso es lo de menos, así me tenga que esperar hasta mañana.

- Uno no debe confiarse--le dijo el jefe.

- ¡Bah¡ Esto ya se acabó. Desde hoy no me tendrán más por aquí. Les toca buscar otro que les haga lo que yo hacía.

  Alejandro se despidió de ellos con un desprecio un poco burlón. No sabía si gritar o echarse a correr. Ya nunca volvería a trabajar entre lechugas y repollos ni volvería a meterse con aquella gente. Se fue por el camino hasta llegar a la autopista y se subió al primer bus que pasaba rumbo a Bogotá. No era un vehículo muy grande y a esa hora viajaban unas seis personas. Se sentó cerca de un hombre barbudo y cincuentón. Trataba de respirar profundo, no podía evitar los brincos del corazón. Ahora la ventanilla le ofrecía un lento panorama de árboles, viviendas, praderas con vacas y la silueta de la montaña azulosa al fondo. Tampoco evitaba las ganas de mirar a todos lados. Pasaron frente a una finca con un letrero grande en el borde del cercado ‘se vende’.

- Oiga—le dijo al hombre de al lado--. ¿Cuánto valdrá esta finca?

- Unos veinte millones—le dijo después de pensarlo unos momentos.

- ¿No se le hace cara?

- No sé, es lo que puede costar, mírela bien, está bien ubicada, orilla de carretera y por aquí abunda el agua.

  Más adelante encontraron un nuevo letrero.

- ¿Y esta? Parece que es mejor.

- Le calculo unos veinticinco. Mírela, está más organizada. Tiene una buena casa.

- Si, me parece. ¿Pero veinticinco, no se le hace cara también?

- Eso depende.

- Oiga y esta otra con la cabaña, está bien bonita. No es tan grande y no hay que invertir en construcción.

- Si pero no se ve que la estén vendiendo.

- Habría que hablar con el dueño y usted sabe que por la plata baila el perro.

- ¿O sea que usted está comprando finca?

- Voy a comprar. Mañana cuando ya esté con la plata en el bolsillo voy a venir a negociar una de estas. Creo que voy a buscar al de la cabañita.

- ¿Y eso?—dijo el hombre con indiferencia--¿Le van a entregar la herencia o qué?

- No señor, algo mejor, me gané anoche la lotearía de Bogotá. No hace media hora que supe.

- ¿De verdad?

- Si. Joaquín pone el radio todas las mañanas y anota el número porque los compañeros que hacen chance le preguntan.

- ¿Y cuánto cree que le van a dar?

- Como ochenta millones. Lástima que no eran sino dos fracciones. Bruto que es uno Tenía la plata y por tomarme unas cervezas no compré todo el billete. Qué tal si le hago caso a mis amigos ayer tarde. Me dijeron no compre esa porquería que es para que los ricos se la ganen y casi no compro nada. El muchacho de la lotearía si me insistió cómprela que mire, no me queda  sino este billete y los otros dos ya los tengo vendidos. Me quedé como hasta las once tomando con ellos. Hace rato me tocó sacarle prestado al jefe para el pasaje.

Los demás pasajeros no podían evitarse las ganas de hacer comentarios acerca de la suerte. Que miren como es la vida, personas que duran comprando lotería cincuenta años y nunca cogen ni aproximaciones, que  otros no se la ganan no por no comprarla. Pero todo es suerte, así sea para el que apuesta a los caballos, le apuesta a los gallos o le echa plata a las cartas. Es la suerte, señor le decía una anciana en el puesto de atrás, cuide la platica y no se vaya a poner de botaratas por un lado y otro, mire que hay otros que andan por ahí esperando a que horas se descuida. Alejandro movía la cabeza, claro sumercé, imagínese, me pienso comprar la finquita esta que vimos hace poco, de pronto me compre una casa en Bogotá y con lo que sobre me pongo a negociar, pero la gente no paraba de hacerle preguntas y él, no, yo he vivido siempre de mi trabajo, me gusta tomarme mis cervezas con los amigos pero en adelante ya no, pienso cambiar de amigos, conseguir una mujer y ayudar a los necesitados aunque a mi no me ayudaron, en fin así son las cosas, debe uno pensar en los demás, claro, como no señor, se ve que usted tiene un buen corazón y por eso mi Dios lo ayudó, por supuesto mi señora, imagínese, yo siempre le pedía en la santa misa que me sacara de la cochina calle y vea como son los milagros.

El hombre barbado y cincuentón se despidió antes de bajarse y le dijo que cuando se le ofreciera algo lo buscara en esa casa que se veía al borde de la vía. Alejandro se quedó solo y callado en su puesto unos momentos mirando la casa del hombre que iba quedando atrás. Pronto se iba a olvidar de él, así como pensaba olvidarse del resto, hermanos, amigos, los compañeros de trabajo, su padre y su vieja madrastra. Con el dinero en el bolsillo era apenas irse a donde conociera mejor gente. Todo iba a quedar atrás, así como la casa del hombre de la charla del bus, así como sus compañeros en el cultivo de lechugas embarrados hasta los ojos y siempre en la misma miseria pues no eran capaces de nada más, a no ser que siguieran su ejemplo y se dedicaran a comprar la lotería todos los días con el mismo empeño que madrugaban a sembrar lechugas. De nuevo volvió a mirar a los demás pasajeros, gente muy similar a todos sus conocidos hasta entonces, la vieja melosa y aduladora del puesto de atrás, el viejo enruanado del asiento de adelante junto a la ventana que parecía hecho de pura tierra, una señora joven, un poco gorda acompañada de una niña de cara radiante y en la parte posterior de la buseta, en los últimos puestos ocupados, una muchacha trigueña de ojos negros con una llamativa blusa roja. Se le quedó mirando mientras le sonreía con una coquetería que le pareció la elevación sublime al paraíso. Debería ser cierto, pensó, que plata llama plata y esta vez suerte llama suerte porque no la había visto antes. Era como si la acabaran de colocar en aquel asiento después de haber dicho conseguir mujer. Estaba demasiado linda y esto bastaba. Por fin iba a cumplirse otro de sus más recónditos deseos. Tener una muchacha como esa. Bien arreglada, perfumada y fina como porcelana importada, no como las mujeres mugrosas de sus vecinos que no sabían sino estar metidas en la ceniza de la cocina y lavar la ropa de los maridos y no sabían ni arreglarse las uñas. Sin pensarlo dos veces se paró de su puesto y fue a sentarse a su lado. Estaba mejor de lo que parecía, de pies a cabeza no le faltaba nada, muy bien hecha, pensó, esto era ser demasiado de buenas el mismo día. Ella le mostraba cierta sonrisita para no dejarle dudas.

- Creo que esto no me lo estoy soñando –le dijo.

- Dicen que uno debe pellizcarse a ver si es verdad.

- Yo me quitaría un dedo con tal de saber si es verdad que estamos aquí los dos.

  La muchacha trató de reír. Alejandro se sentó a su lado. Guardó silencio antes de empezar.

- Quiero que se case conmigo.

- Pero señor...--le atinó a decir mientras iba cambiando ese semblante risueño.

- Arreglemos las cosas para este sábado o el otro, me dice donde hacemos la fiesta y que casa le gustaría para vivir, mire, hasta me está haciendo cambiar de planes.

- ¡No¡ --le dijo. Ahora su rostro trigueño asumía una seriedad más severa.

- Piense bien en lo que dice, mire que estas oportunidades...

- Vea, señor, usted cree que a todo momento está comprando fincas y casas. Se cree que todo lo compra.

- ¿Dígame si o no?

- ¡Pues no¡ Y quíteme las manos de encima que me fastidia ese olorcito suyo a cebolla y a mugre. Ni siquiera se baña ni se cambia de ropa  cuando va  a salir a una ciudad.

Se paró del puesto con rapidez, la miró inyectándole todo el veneno que llevaba adentro, perra desgraciada, cree que con ser bonita tiene y los demás pasajeros ya señor, cálmese, ella no lo estaba ofendiendo, ya vamos a llegar. Entonces lanzó un grito mientras le clavaba los ojos por última vez, no le pienso rogar, me oye, no le ruego a nadie. La gente ya no más por favor, dejen esto así, el conductor siéntese o se baja si no paro donde vea el primer policía, no quiero problemas. Alejandro se sentó de nuevo, era como si le acabaran de rociar agua caliente en la cara. Vio como hacía rato habían entrado en la ciudad. Bogotá llena de sol, iban a ser las diez en su reloj. Ya no le faltaba mucho para llegar a la sede de la lotería. Recordaba el edificio. Bajarse del bus y caminar unas cuatro cuadras. Ya lo había hecho unos cinco años atrás cuando vino a cobrar un premio seco. Por fin vio el edificio en medio de otros rascacielos más elevados. Ya era hora de bajarse. Le dijo al conductor que parara en la esquina y le lanzó una mirada despectiva a los otros pasajeros. Se quedó unos segundos encarando el rostro trigueño y los ojos negros de la muchacha deseándole que el bus se estrellara  con ella de primero, estúpida, no merecía otra cosa.

En las oficinas sacó el billete para verificar.

- Cinco seis siete nueve, serie B.

- Cuatro, nueve, dos, ocho, serie D. –le dijo una mujer señalándole un letrero grande donde volvió a ver el número.

Alejandro siempre ignoraría, que esa mañana, apenas había abordado el bus y se alejaba, sus compañeros estallaron en un ataque de risa, alocada, compulsiva, agarrados del estómago y durante el día, cada vez, al recordar a Alejandro volvían las carcajadas.

¡Deja algún comentario! 

Artículos relacionados