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Como espuma que bajaba por el agua

Tenía que saber quién era el que andaba metido con la María Isabel pues todos los días oyendo tanto chisme y tanta habladuría de la gente era porque algo debía tener de cierto. Por eso quería saber, había jurado una noche delante de su compadre Toribio y sus dos hijos sentados en la banca de tabla rustica de la tienda, bebido apenas con la primera cerveza del día pero convencido de todo. Los tres escuchaban sin decir nada, ocultando la risa burlona mientras seguía parado en la mitad del cuarto cuyo piso cubierto de listones desgastados sonaba como un tambor a cada pisada de  Alfonso, alto y rígido como una columna silenciosa, el rostro de ceniza, las palabras entrechocadas sin su risa de otros días.

- ¿Y qué le pensás hacer a ella? –le dijeron haciéndose muecas.

- Matarla sin compasión.

- Y al tipo.

- También le voy a hacer lo mismo.

Y las horas se les fueron bebiendo cerveza sin parar casi hasta las doce.

María Isabel se iba todos los días a lavar ropa en las casa de las señoras que vivían en los alrededores y regresaba cansada por el camino empedrado con sus delantales de flores que acostumbraba comprar los jueves en la plaza, faldas negras y blusas blancas que los hijos de sus patrones comparaban con burla a los trajes de las bailarinas de danzas típicas del altiplano, pero sin sombrero ni alpargatas, con una trenza de cabello recogida casi hasta la cintura. Sola al principio, luego con la hija mayor envuelta en un pañolón. Después nacieron los otros dos hijos los cuales cuidaba que no se cayeran a la quebrada. Al cabo de unos años optó por dejarlos en la casa con la comida del día recomendados a una vecina que de vez en cuando echaba un vistazo.

Alfonso se iba de madrugada a ordeñar vacas, su ocupación desde niño, además lo único que sabía hacer. Regresaba al medio día a almorzar, en silencio, pensando en donde estaría a esa hora María Isabel, escalofriada junto a las piedras como adherida al suelo terroso sin detenerse un momento mientras la espuma y el agua jabonosa volvía a irse quebrada abajo. Alfonso acababa de comer y regresaba al trabajo en bicicleta. Por las noches la comida a las siete, una charla de un par de horas y se acostaban bajo el techo de tejas tiznadas con humo de leña y carbón.

Todos esos años hasta cuando ella le dijo que no aguantaba más y se iba de la casa si las cosas no mejoraban. Fue como si el piso se le abriera en dos y la casa se le viviera encima. Por borracho y por no tener dinero, además decía que podía irse con los tres hijos a cualquier parte. Alfonso llegaba cada tarde pensando en lo peor, registrando la casa pero la presencia de los niños le devolvía cierta calma. Las cosas no pararon allí, las amenazas de abandonarlo fueron cada vez más continuas, los agarrones, que se quedara sin comer varios días para castigarle el vicio de beberse el pago y no comprarle nada a los muchachos. Después llegó de alguna parte el rumor zumbando lento y sin mucho alboroto.

- ¿Quién cree que soy? –le respondió el día del primer reclamo.

- Me lo dijeron.

- Pues váyase largando con los que le dijeron.

Las cosas siguieron igual mientras los chisme agazapados detrás de las paredes lo llevaban de tarde en tarde a las tiendas a tomar con el compadre Toribio y su risa de cotorra y el chismorreo en voz baja, su constante no se deje así, compadre, a usté le falta es darle duro a esa mujer, me entiende, bien duro y no darle tanta libertá como hace usté, quién dijo que dejarla ir a trabajar, eso por allá en las ciudades y aun así ya sabe lo que pasa. Algunas veces con los amigos y otras solo y a llorar entre más se embriagaba. Ellos solían contarle chistes crueles y le aconsejaban que no fuera tan pendejo hasta hacerlo reír. Ya de regreso a casa entrada la madrugada se ponía a golpear en la puerta a ver si ella quería abrirle, dejarlo entrar a que durmiera en el piso sobre un montón de costales.

- ¿Por qué se emborracha así, Alfonso?

- Por culpa de mi mujer.

- ¿Por qué está tan flaco y viejo, Alfonso?

- Por culpa de mi mujer.

Les respondía a todos y esto se volvió un estribillo que repetían en todas partes a medida que iba perdiendo empleos, acumulaba deudas y ganaba fama de irresponsable. María Isabel no hizo caso de las habladurías por eso no escuchaba a nadie. Se iba como todos los días a lavar ropa. Las horas se deslizaban en medio del jabón y el agua yéndose quebrada abajo arrastrando los barquitos de espuma de sus pensamientos. Conversaba de vez en cuando con otras lavanderas y las señoras a quienes trabajaba sin mucho que decir y acataba el consejo de irse del lado de ese borracho miserable del Alfonso a vivir tranquila con los tres hijos y no verlo más aunque no tuviese sitio seguro a donde ir, pretextaba.

- ¿Con quién es que se la pasa? –le repetía Antonio.

- Ya me cansé de esto y como usté cree que si pues voy a tener otro y se va a arrepentir –le anunció una tarde.

Hasta el nacimiento del cuarto de los hijos una noche lluviosa, de puro milagro  pues la hija mayor fue a toda carrera por el monte a buscar a la partera y de regreso dos horas más tarde encontró a Isabel muriéndose. Alfonso no se había tomado en serio las amenazas como una especie de tabla de salvación en medio de la tormenta de rumores. Trató de cambiar un poco su vida, quiso beber menos y así evitarse impertinencias. Sin embargo la falta de trabajo ya era tal que en dos meses no consiguió nada y las deudas apretaban cada día con cobradores en la casa mientras el niño crecía con los respectivos chismorreos de la gente, sobre todo en las tiendas y de nuevo las sospechas día y noche. Ella convalecía en la cama torturándolo con el llanto del bebé sin que lo dejara verlo de cerca.

- El papá está lejos estos días.

Alfonso la miraba sin decir nada.

- Se lo repito otra vez si no oyó, el niño no es hijo suyo. Me gustaría que lo mirara cuando no esté borracho para que se de cuenta que ni se le parece.

Pasó tres días fuera de la casa en una ausencia que nadie supo. Tan sólo había dicho antes de irse durante unas cervezas con el compadre Toribio y los amigos sentado en la misma banca de tablas de todas las tardes que iba a matar y todos con la misma seriedad burlona le preguntaban que a quien y él decía ya lo verán. Hasta cuando apareció otra vez de mañana, escalofriado e insomne, los ojos vidriosos y regresó a la casa. Estuvo sentado sobre un tronco tratando de mendigar un gesto amable de los hijos que seguían jugando alrededor de la casa y lo miraban más de lejos que a un extraño sin que ella reparara tampoco en su presencia.

Hasta cuando oyó la sirena del tren saliendo del pueblo se paró del tronco, dijo vuelvo dentro de un rato y salió al camino sin que nadie lo escuchara. María Isabel estaba en la cocina lavando la losa y los muchachos corrían tras una pelota. Apenas el otro hijo, de apenas unos cinco años parado cerca de la puerta lo miró caminar de prisa por los potreros. Calculó que a ese paso alcanzaría a llegar en el momento preciso. Poco a poco el ruido de la sirena se fue apaciguando porque iba quedando atrás el pueblo. Cerca del caminito oyó una voz que lo empezó a llamar: papá espéreme, era el niño corriendo descalzo.

- Vuelva a la casa, hoy no lo puedo llevar –le dijo mirando hacia donde estaba.

Empezó a correr, no debía perder un minuto. El niño tampoco se detenía.

- Papá, lléveme a ver el tren.

Pero no quería escucharlo.

Ahora alcanzaba a oírse el fogoneo de la locomotora y la vaga silueta del humo disolviéndose en el aire. Que cerca quedaba el pueblo por allí, pensó.

- No mijo, vuélvase para la casa hoy no lo llevo.

No quedaba ninguna vivienda cerca, el ganado pastaba tranquilo en sus praderas. Decidió entonces desviar camino, tendría que ir más rápido. Los cultivos de maíz que bordeaban la falda de la montaña servían para esquivar la presencia del niño. Prosiguió la carrera por entre los surcos, sintió la frescura del declive del día, las hojas alargadas conservaban el verdor, iba buena la cosecha, pensó, ya estaban poniéndose buenas las mazorcas. Tampoco se oía el niño. Como no puede verme se devolvió. El ruido aumentaba, seguro atravesaba el caserío de la curva  de la montaña., acaso venía más cerca. La altura de las cañas no le permitió ver el humo, su guía era el fogoneo y el metal rozando los rieles, se apuró cuanto pudo. Al rato salió del maizal, aunque todavía estaba lejos, le faltaba atravesar el potrero ancho, de forma rectangular. Apenas alcanzo a llegar, se dijo. Empezó a cruzar la cerca de alambres de púas de la carrilera cuando se aproximó la locomotora, un monstruo negro, vomitando fuego, cuya respiración le atemorizó. Se paró apenas a unos metros y cruzaron poco a poco los primeros vagones de un rojizo quemado, gris desteñido encima, las ventanas escuetas, por las que vio muchas caras alegres mirando el paisaje, charlando, bebiendo y se oía alguna música medio refundida entre aquel infernal sonistraje. A pesar de todo hubo un instante de incertidumbre, de indecisión. Pasó la mitad de los vagones, luego diez, luego once... tenía que hacerlo para que esa desgraciada de la María Isabel no se siguiera burlando más, tenía que hacerlo. Ya no quería pensar en nada. A la vez que oyó una voz junto a la cerca, papá, lo alcancé, lo alcancé y ya faltaban tres vagones, se pasaba el otro y se le atragantó una inmensa angustia que le mordía el estómago con rabia desgarradora y se quedó quieto, como paralizado sobre el suelo cubierto de hierba aplastada con ganas de gritar y otras de poder arrojarse sin temor, pero la cercanía del niño lo retenía en aquel mismo sitio sin dejarlo mover. Paralizado por dentro y por fuera hasta que todo empezó a ser como antes. El tren se alejaba con su sonistraje de hierros. Una voz murmuraba algo detrás de los maizales y otra voz descendió de la barranca en algo similar a un alegato de compadres por asunto de vecindad, pero ya no pensaba en nada de lo anterior: Maldita fuera por siempre la desgraciada esa de la María Isabel donde estuviera y que el diablo se la llevara con los hombres que le diera la gana. Maldita fuera por toda su cochina existencia. Malditos fueran también los chismes de eso falsos amigos que no hacían sino burlarse de él. Ya no volvería nunca más. Nunca, gritó en voz muy fuerte hasta donde se oyera. Entonces agarró al niño de la mano y se fueron los dos caminando por la orilla de la vía férrea.

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