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Como pecas

Faltó a su palabra. Dijo que iría por la siesta a limpiar el terreno de la señora Vergara. Pero, en vez de eso, se recostó sobre a la cama a dormir una siesta de cuatro horas. Esta actitud, de tipo que juramente trabajo como soldado, se viene repitiendo desde hace un mes, desde que salió del hospital del pueblo Los Pinos. También acordó a modo de promesa con su madre que buscaría empleo para no pasarse tanto tiempo encerrado en casa con una mano sosteniendo un cigarrillo y la otra cebando mate amargo. Sin embargo, es lo que hace, planea seguir haciéndolo mientras las mentiras continúen cayendo por sí solas; no hay maquillaje que soporte la lluvia de la cotidianidad.
Por lo general, Joaquín Lizárraga deja aplastarse por la pereza sobre el sillón de cuero negro, con los ojos fijos en la pantalla de la tele. Acompañado por películas boludas que nunca entiende porque en realidad nunca les presta atención: como zombi siguiendo las imágenes de casas embrujadas o escenarios de guerra donde las balas van y vienen en tramas sin sentido, si las viera se daría cuenta que no tienen sentido. A veces observando partidos de fútbol europeo como quien relata nombres que desconoce ni tiene interés en conocer. Hacia el atardecer llega la madre de la escuela secundaria Los Pinos, la tele ya apagado, el termo preparado para que ella comience a relatar su día laboral y él hace como que la escucha, pero la voz se desvanece en una mente que no puede resguardarse y elije el modo desierto para evitar las embestidas de una tormenta que tarde o temprano llegará; tampoco hay agujero al que no lleguen los malos olores de una vida propia basada en la fuga.

Pensó en prepararse una picada de salame y queso, pero desistió por el malhumor persistente, presente desde que abrió los ojos. No estaba mamá Paulina para obligarlo a comer, de manera que se aplastó sobre el sillón mientras dejaba en una película que parecía ser de terror porque comenzaba con unos árboles sombríos, una casa de dos pisos y una familia mudándose. <<No tengo nada de sueño, quisiera tenerlo, recostarme a dormir para sentir que todo pasa y que nunca más va a volver a pasar. Por supuesto que en algún momento despierto y todo es nuevamente. Pero cuando me acuesto pienso que no va a suceder>> prendió un cigarrillo, miró el techo machimbrado, decidió que dejaría de mentirle a la gente sobre limpiar terrenos. Lo cual limitaba sus salidas únicamente a comprar cigarrillos y yerba para el mate.

Sintió la vibración del celular en el bolsillo del vaquero, lamentó no tenerlo en silencio, no tenerlo lejos para evitar los mensajes de una madre preocupada en Puerto Heredia. Tuvo que viajar para resolver los trámites del auto nuevo que compró, estaría fuera del pueblo por unos días. La notificación decía Agustina, no era Paulina sino Agustina, una vieja conocida que lo reconoció cuando él fue a comprar cigarrillos. <<Maldito el momento en que me reconoció. Se me fue el incógnito de forastero>>. Abrió el Whatsapp: “Necesito hablar urgente con vos vení a mi casa por favor es urgente.” Imaginó la emergencia, problemas que ella tuvo con el novio, inconvenientes seguramente violentos considerando que el sujeto en cuestión era Roberto Miranda. Antes de marcharse a Ciudad Capital Joaquín solía juntarse con Roberto a beber vino en caja mezclado con jugos en sobre en alguna garita del pueblo. Ya para entonces el tipo daba signos de ser un celoso violento, además de asaltar las casas de los veraneantes o meterse en problemas con otras gentes de Los Pinos por el simple placer de lanzar unos manotazos al aire.
<<Y ahora él tiene que haberla golpeado porque ella hizo algo que Roberto consideró una falta de respeto. Él hablaba de respetos y códigos cuando andaba conmigo, se los tomaba en serio. Nunca pude entender exactamente a qué se refería>>.

“Ya voy.” Contestó Joaquín.

Apagó la tele, saltó del sillón, movimiento que le paralizó la espalda durante varios minutos. Se puso una campera de lana gris, una bufanda gris y guantes de lana negro; apenas se aplastó con la mano el desordenado cabello negro.

Afuera el cielo estaba despejado, pero el mes de agosto en el pueblo Los Pinos es un viento frío desgarrador, silbante como transeúnte en una oscuridad que sólo guarda ladridos de perros y uno que otro caballo perdido. Caminó calle abajo con un cigarrillo Queen prendido entre las manos. Tuvo vagos recuerdos de la adolescencia, cuando en compañía de otros muchachos avanzaban entre el frío y la densa negrura para juntarse a beber en el río mientras se calentaban las manos en un gran fogón. Joaquín no puede decir que disfrutase de aquellos momentos pese a la belleza estética que pueda ofrecer la imagen. El sentimiento de sentirse perdido ya afloraba en su alma seca, los ojos que miraban arder las llamas como algo pasajero que terminaría por acabarse y el momento no es nada más que un momento, donde las sonrisas son arrastradas por el viento hasta llegar al agua y extinguirse en una memoria de laguna que suele sacar muertos del fondo. <<Algunos disfrutan de esos muertos memoriosos. Yo no los disfruto, los detesto>>.

Agustina alquilaba una pieza con cocina y baño en la zona Los Tordos, en frente de la escuela primaria del pueblo. Dudó en tocar la puerta verde madera o volverse a la comodidad del hogar con mate, cenicero y películas que no veía. Optó por golpear e inmediatamente la mujer lo atendió sin esconder el pómulo derecho del ojo, inflamado y amoratado. Dejó que Joaquín ingresara, a la luz del foco eléctrico vio que las muñecas de la chica también estaban amoratadas. Realmente estaba destrozada. <<Y aún así es bonita>>. El rostro redondo, moreno, cabello largo y negro, delgada, ciertos destellos de ternura, ganas de abrazarla con o sin motivo.

- Que cagada te dieron- dijo Joaquín seriamente.

- No, para nada- dijo Agustina sonriendo irónicamente- . Vení a sentarte. Tiene que ser de urgencia para verte, sos peor que un ermitaño.
Se sentó a la mesa de madera. Pensó que él no haría ningún chiste luego de recibir una golpiza como esa, de la rabia hubiera dado vuelta todas las cosas de la casa. Observó bien el entorno, sonrió hacia adentro, ahí no había nada que dar vuelta porque todo estaba hecho un desastre. Vasos, ropa, basura, esparcidos como follajes de un paisaje dañado.

- ¿Qué querés para tomar?- preguntó Agustina frotándose la nariz.

- Gaseosa- dijo Joaquín y prendió un cigarrillo- , Coca para ser más específico.

- ¡Oh!- levantó los brazos protestando- Pensé que íbamos a tomar unas cervezas.

- No, ya no. Antes hubiera estado encantado, pero ya no.

Años atrás Joaquín bebía demasiado, puedo decirse que como un alcohólico. De un día para el otro dejó de hacerlo, simplemente se cansó de tomar y pasó del cajón de cerveza a seis litros de Coca Cola. <<Lo mismo no cambié mi forma de ser. Los vicios no cambian a la persona, a lo sumo le dan tintes, pero nunca la cambian. El problema soy yo, siempre voy a ser yo>>. Agustina al lado un vaso repleto de gaseosa. Ella se sentó a un costado con una lata de Quilmes. Del bolsillo del jean extrajo una bolsita transparente con un polvito blanco que cuidadosamente desparramo en la mesa, luego uso una tarjeta de crédito inservible para picarlo bien, tomó un tubito de aceró y aspiró la línea como embistiendo con furia, finalizó con un trago extenso de cerveza.

- ¿La emergencia era verte aspirar?- preguntó Joaquín sonriendo.

- No, boludo- dijo gesticulando vaya Dios a saber cómo con la nariz- . Me pegó feo, muy feo, esta vez se le fue la mano. Ya otras veces me maltrató, pero hoy se fue al carajo.

Llevaba años saliendo con Roberto Miranda. Joaquín, (en su caso antes de marcharse del pueblo) entre otras personas, le aconsejaron que se alejara definitivamente de ese muchacho. Sin embargo, ella nunca escuchó a nadie y continuó con él. Tampoco es que Roberto la dejaría terminar así como así, de ninguna manera la dejaría tranquila. Es de esas relaciones que no pueden tener un final independiente al amor o el espejismo de amor que crean tenerse.

- ¿Qué pasó?- Lizárraga se acomodó en la silla de plástico y prendió un cigarrillo- Me refiero a qué pasó para que vinieran los golpes.

- Ya te cuento. Aguantá.

Armó otra línea y aspiró.

- Resulta que estábamos en la galería de la casa de él, yo no imaginaba que estaba molesto por algo, ni siquiera llegaba a sospecharlo. Sí supe que estaba bastante colocado cuando le vi la cara, era una cara de me fumé un “nevadito” tras otro y puede que por eso tenga los ojos como los tengo. Yo lo intenté saludar normalmente, pero me empujó feo y dijo: <<Hola, puta de mierda>>. Algo anda mal pensé y me fui a armar una línea sobre la ventana que por fortuna me dejó consumir tranquila. Pregunté qué pasaba, entonces me apretó de las muñecas con fuerza, tirando sin soltarme contra la pared, acusándome de que lo estaba engañando y que era una zorra puta, que no puedo ser así, que no lo amo una mierda y siguió con esas cosas. Mirá, yo trabajo de conserje en la escuela primaria, y uno de los maestros me tira los galgos, desde luego que no le había contado nada a Roberto, tampoco le di entrada al maestro. Supongo que el viejo se habrá desesperado, el tema es que me agarró cerca del patio de la escuela para ofertarme cielo y tierra con al de estar con él y alguien o el mismo Roberto me vio y malinterpretó las cosas. Pidió explicaciones, se las di, se enfureció por no haberle comentado antes y me calzó un trompazo en el ojo, intenté defenderme, pero ya tenía un rodillazo en el ombligo y puntapiés por todo el cuerpo. Después de darme una buena cagada me tiró la calle continuando con el sos una zorra puta. Ahora estoy mejor gracias a la merca, pero llegué aquí apenas.

Entre la brevedad del relato Agustina armó seis líneas (tuvo que abrir otra bolsita) y bebió tres latas de cervezas. Joaquín imaginó que podía tener sexo con ella, a lo mejor si le acariciaba lentamente las heridas, le hablaba de cerca, le daba un beso, había chances de crearse una posibilidad. <<Es linda, y yo hace tiempo que no me acuesto con nadie. Un poco de consuelo para ambos>>. La conmocionada, drogada, de Agustina que no paraba de consumir lo sacaron de ese sueño inútil.

Ella únicamente quería seguir colocándose para amortiguar las cicatrices internas que los golpes violentos de su enamorado le dejaron. No había destellos de querer estar con otro hombre que no fuera Roberto, un círculo que jamás habría de romperse sucediera lo que sucediera.

- ¿Te acordás cuando Jazmín y vos me empujaron a tener un novio?- preguntó Agustina luciendo su sonrisa blanca.

<<Uh, encima quiere recordar>>.

- ¿Joaquín?

- ¿Qué?- malhumorado prendió un cigarrillo.

- ¿Te acordás?

- Claro que me acuerdo- respondió expulsando el humo por la nariz- . Fue en primer año del secundario, Yamil era un buen chico dentro de todo, le gustabas y él te gustaba.

- No estaba segura- sacó un cigarrillo del paquete de Joaquín, le quitó un poco de tabaco, agregó merca y lo encendió- , tenía muchas dudas al respecto. A veces me gustaba, otras no tanto, no me convencía.

Entre pitada y pitada la cara de Agustina se contrajo espantosamente.

- Pero al final terminaron saliendo durante un año y bien que parecían dos enamorados. Siempre de la mano, aquí y allá, no vale quejarse a estas alturas.

Lo dijo secamente, enojado, era momento de marcharse. Recordó a Jazmín, su primera novia, su primer amor, no valía la pena seguir recordando.

- Sí, después que me maquinaron la cabeza mientras rondábamos la escuela. Creo que nunca me insistieron tanto, ni siquiera Roberto me insistió tanto.

- Hubiera sido mejor que no insista- dijo Joaquín guardándose el paquete estrujado de Queen en el bolsillo- . Tengo que irme, che. Mañana tengo que levantarme temprano.

- No desaparezcas. Espero verte pronto.

Le agradeció el haber venido con un abrazo, él sintió los senos de la muchacha, pero ya nada quería sacar de eso. Avanzó por la gélida calle con las manos en el bolsillo, ocultas por las sombras las montañas áridas. Realizó un esfuerzo mental para no perderse en el recuerdo Jazmín, que crecía en las tardes de Gimnasia, en los recreos, cuando solían encontrarse y besarse y abrazarse y jurarse amor eterno. Sobre todo porque él estaba pasando un pésimo momento en aquellos tiempos, una depresión profunda que lo dañaba y dañaba a los que estaban a su alrededor, incluida Jazmín. Las piernas pesaron como cimientos de cemento camino arriba, el viento en contra cortando el rostro flaco, entabacado. Lo aliviaron los bostezos de cansancio, el alma entera anhelando caer sobre la cama y sentir que todo terminaba de una vez por todas. <<No puedo pasarme las historias completas deseando que todo termine para siempre. Sin valor de quitarme la vida, sin ganas de hacer que la vida sea vida, sin la voluntad firme para erigir mis propios renglones>>. Maldijo agitado el pueblo al que se había jurado no regresar, maldijo los ladridos de los perros y los caballos perdidos e incluso el rocío que lo hacía tiritar como llama de vela consumiéndose en su propio cebo.

De un portazo cerró la puerta principal de la casa, caminó hacia la habitación de la madre porque la suya todavía estaba en refacción y prendió un cigarrillo antes de acostarse a dormir. Luego de la primera pitada, escuchó un impacto en la ventana de la cocina. Quedó pasmado, temeroso, ya lo tenía a Roberto Mirando en el marco de la puerta con un cuchillo en la mano derecha. El rostro desencajado por la merca, el pelo negro hecho un revoltijo, la ropa sucia emanaba olor a transpiración y los ojos castaños simplemente carecían de sentimiento.

- Flaco y la puta que te parió- dijo Roberto lentamente.

- Podrías haber golpeado la puerta- dijo Joaquín temblando.

- Te vi hablando con mi chica- levantó el cuchillo- . Sos una basura, ella es mía, nadie puede abrazarla, nadie puede tomarme por tonto.

- ¡Te juro que no hicimos nada!- exclamó y dejó caer el cigarrillo.

- ¿Te pensás que soy pelotudo? Te voy a desfigurar.

- No digás así…

Roberto se lanzó furioso, a matar. Joaquín saltó sobre la cama, esquivó la primera embestida, la segunda le provocó un corte en el pecho. Consiguió patear al atacante, hacerlo retroceder, fugarse a la cocina y cruzar la ventana rota desesperadamente.

Corrió sin mirar atrás, tomó el atajo a los tropezones entre las piedras, las ramas de los árboles, el terror de saberse perseguido desconociendo la distancia que los separaba. Una vez en la calle de asfalto se dirigió hacia el vacío que daba al río, saltó como si tuviera alas cayendo en picada. El impacto en la arena helada lo dejo mareado largo tiempo, mirando las estrellas, la luna en su cuarto menguante cortando las montañas, cortando el cielo. Logró levantarse, adolorido avanzó hasta asentarse sobre una piedra grande. <<La puta madre, me debe estar buscando como loco, me va a seguir buscando hasta encontrarme y matarme. ¿Por qué no dejé que me cortara en cien mil pedazos? Me tiré desde no sé qué altura y no tengo un rasguño. Debería haber dado con una roca, debería haberme reventado y no me reventé ¡Mierda!>>. Se palpó los bolsillos buscando el paquete de cigarrillos, pero no tenía nada. Odió tanto la situación, ni siquiera tenía un triste pucho para fumar. En caso de que pasara la madrugada vendría Paulina de Puerto Heredia y se encontraría con la ventana rota y un hijo amenazado. Todos los flancos descifraban nuevos problemas.

<<Agustina debe haber sufrido otra cagada, esta vez una súper cagada, literalmente la debe haber hecho volar por los aires. Estoy seguro de que ya debe estar muerta. Puta madre, estoy seguro de que la mató>> con el dolor de la caída bordeó el río, el silbido del viento, hasta encontrar un atajo rodeado de maleza seca que lo llevó a la calle asfaltada. Pensó en las películas boludas, en el fútbol europeo de nombres desconocidos, en la pereza y tranquilidad triste que abandonó por responder un mensaje. Rabioso por los recuerdos que trajo el encuentro, la insatisfacción del cuerpo, el corte que ardía en el pecho sumado a la angustia del temor. <<Y no hay refugio que te salve. Cuando tiene que venir el huracán viene el huracán y no es nada piadoso. Encima dejó la puerta abierta>> se acercó sin suspenso a la casa. Desde el marco vio el cuerpo de Agustina que yacía sobre un charco oscuro, el rostro empolvado de cocaína con puntitos de sangre como pecas oscuras.

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