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Diálogo de infantes

Braulio: ¿tú piensas que nuestros padres sospechan que sabemos todo lo que ellos creen que no deberíamos saber?
Igneo: tontos no son. Están imbuidos de ciertos hábitos y costumbres armados en la razón lógica, cual dictamina su forma de ser y comportarse en sociedad, de modo que su pensamiento está ligado a su subsistencia en un marco común impuesto. Saben perfectamente que fuera de ese cuadro no hay nada y deben adaptarse a todas sus convenciones, incluida la educación, para posibilitar nuestra integración en el rebaño social. Lo mismo que hicieron con ellos, harán ellos con nosotros.Ellos fueron niños y saben que estamos en un estadio de libertad muy superior al suyo y que somos conscientes de que se nos irá usurpando con el tiempo, al compás que se nos impone una personalidad compatible con la cultura social imperante.

Braulio: entonces,¿ por qué no hablan con nosotros de tú a tú?
Igneo: si nos trasladasen a otro país, aprenderíamos su idioma, recordaríamos el nuestro, pero ya no podremos utilizarlo. Ellos se han desplazado al mundo adulto, y recuerdan el de su niñez, pero , en su ámbito, ese lenguaje es ingenuo y pusilánime, objeto de desprecio. Podrían utilizarlo con nosotros, sus hijos, pero no lo hacen porque es inútil; no pueden volver atrás y saben que si no adoptamos su dialecto, la suerte está echada, quedaremos sin futuro.

Braulio: ¿crees que ellos saben que nosotros conocemos sus propias vidas mejor que ellos las nuestras?
Igneo: comprenden que nosotros jugamos con camioncitos, grúas,bicicletas y otras chucherías, no porque eso satisfaga nuestra realización vital, sino porque no encuentran otra forma de canalizar nuestra capacidad creativa, dicho con modestia.Sus vidas son una monótona letanía: el trabajo, reglado al milímetro, el ocio,concertado,el sexo, dividido a los tres años en camas separadas con algún asalto esporádico, mecánico, sin creatividad alguna, pues yo escucho a veces, sin proponérmelo, el quejidillo perruno de mi padre y algún suspiro, para animar la velada, de mi madre, más para calmar su recurrente vida estresada que por amor y disfrute del sexo.

Braulio: entonces, ya no están enamorados ¿ por qué siguen juntos, pues?
Igneo: el amor es tan pasajero como las estaciones, y de ellas lo que quedan son las hojas caídas del otoño, las nieves que deja el invierno, los pólenes que deja la primavera y los matojos secos que quedan en verano.
Los frutos de dichas estaciones somos nosotros y el resto son nostalgias pasajeras que se cubren con un poco de cariño y amistad, si sus caracteres son complementarios, sino sólo queda el estoicismo de una convivencia forzosa o la separación definitiva

Braulio: ¿y no te dan pena sus desdichadas vidas?
Igneo: me dan lástima ellos y toda la humanidad adulta, por haberle tocado vivir en un mundo sin escrúpulos, agresivo y egoísta, vendedor de ilusiones y sueños materialistas, no como medio, sino como fin en sí mismo de la dicha y el bienestar de los seres humanos.Están sujetos con pesadas cadenas y sin esperanza de ser liberados; pero también me da pena nuestra propia vida, porque la historia no cambia de la noche a la mañana y nosotros somos firmes candidatos a seguir sus desgraciados pasos.

Braulio: pero, y nosotros ¿ nos sentimos a gusto en nuestros propios cuerpos?
Igneo: hemos de aprovechar esta etapa infantil porque no habrá un tiempo mejor en nuestra vida: se nos alimenta, se nos viste y calza, recibimos regalos sin pedirlos y nos miman con todo su amor.No habrá mayor sensación de libertad, en adelante, que la que poseemos ahora.Nuestro cuerpo en desarrollo nos ofrece sensaciones nuevas cada día. Nos levantamos con la alegría de descubrir nuevas emociones, horizontes llenos de ilusiones que se hacen reales mientras inventamos juegos para atraparlas: cuando charlamos entre nosotros y hacemos realidad lo que los adultos consideran utopías y sueños de niños, mientras hablamos con nosotros mismos o con la naturaleza y se nos responde a todas nuestras incertidumbres, cuando avistamos las estrellas y ellas nos hacen un guiño de complicidad o miramos con amor a los ojos de nuestros padres y sentimos que ellos nos responden con la misma intensidad, como niños secuestrados que son.

Braulio: tenemos una responsabilidad, la del colegio, que es obligado. Ya tenemos una imposición.
Igneo: ¡toma! esa, y, cuando tus padres te dicen que hables bajo, que no grites, que te sientes de tal modo, que cojas los cubiertos con disciplina, que no discutas con otros niños, que seas respetuoso y educado, que no interrumpas a los mayores mientras hablan...un sinfín más de cursilerías.
El colegio forma parte, así mismo, de ese protocolo preestablecido de iniciación a la vida de los adultos.
Pero es un mal menor: allí escribimos y leemos, aprendemos cosas curiosas sobre la naturaleza y la civilización humana, tenemos nuestros recreos para jugar a destajo y charlar en animada diversión con nuestras guapas amigas, atendemos con atención simulada mientras miramos de reojo a la chica más guapa de la clase y al formidable trasero de la profesora cuando se pone a escribir en la pizarra, y sonreímos cuando ella nos lanza esa mirada protectora y amable de madraza de todos. Es un tiempo que no olvidaremos jamás y hemos de vivirlo con toda la intensidad de nuestros sentidos.
Y ¿qué me dices cuando nos llevan de excursión al campo, en esos días grandes y soleados, corremos entre los árboles y saltamos sobre las flores, cantando canciones cogidos de las dulces manos de nuestras compañeras, devoramos nuestros deliciosos bocadillos preparados con cariño por nuestras madres y nos reciben a la vuelta en casa como si hubiésemos estado perdidos en la selva, con ojos húmedos y brazos abiertos?
Nuestra etapa es entrañable, dulce, cariñosa, emocionante, impresionante.

Braulio: creo que me has convencido plenamente. ¿qué te parece si pintamos el cielo y las estrellas en aquella explanada con arena?
Igneo: qué buena idea; tú pintarás el cielo y yo las estrellas, ¿quieres?
Braulio: de acuerdo.

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