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No llegará la sangre al río

por
Manuel Paleteiro Ortiz

I

Nuestra historia comienza el día que Ana entró en la tienda que Calzados La Única tenía en aquel barrio de Ciudad jardín y conoció a Joaquín. Era pleno verano, hacía mucha calor y Ana llevaba un vestido corto a medio muslo, de alegre estampado, muy veraniego, con cintura ceñida, finas tirantas y escote de corazón que dejaban al aire sus hombros, espalda y pecho. Cuando la vio entrar, a Joaquín le dio un vuelco el corazón; le pareció la chica más guapa y con el cuerpo más lindo que había visto en su vida. Joaquín, por su parte, también impactó en Ana; él tenía buen porte, unos bonitos ojos marrones con una mirada limpia y una agradable sonrisa, pero el detalle que más destacaba en su fisonomía era un mechón de pelo blanco que nacía en la parte derecha de su frente y dibujaba una banda de unos cinco centímetros de longitud, como si de una blanca pincelada se tratara, en su negra y ondulada cabellera; este era un rasgo familiar que también lo tuvo su difunto padre y que se transmitía únicamente entre los varones, de padre a hijo. Se dirigió a ella y la sentó amablemente en una de las butacas destinada a los clientes. Ambos se encontraban a gusto y estuvieron viendo zapatos, ajenos al paso del tiempo, durante más de una hora y, aunque Ana llevaba la intención de comprarse unas simples zapatillas de verano, al final terminó llevándose, además de las zapatillas, dos pares de zaparos de vestir. Al día siguiente Ana volvió a la tienda con la falsa excusa de que uno de los zapatos le rozaba en un talón y volvieron a charlar otro buen rato, esta vez en la puerta de la tienda, para no dar cuenta de lo hablado a oídos extraños. Al despedirse se dieron los números de sus teléfonos y tres días más tarde, el sábado por la noche, quedaron en salir juntos.

Aquel barrio de Ciudad Jardín, como todos los barrios homónimos que se construyeron a principios del siglo XX en un gran número de ciudades, fue un barrio obrero, pero con el paso del tiempo y la permisividad de algunos alcaldes que, obnubilados por suculentas comisiones ofrecidas por las grandes empresas inmobiliarias, perdieron de vista el objetivo sociológico con que fue construido y permitieron que se desvirtuara, convirtiéndose en un barrio de pudientes; se veían tiendas caras por doquier, muy alejadas de lo que serían las tiendas de un barrio obrero, y muchos bloques de viviendas habían sido derruidos y convertidos en grandes mansiones que disponían de amplios espacios verdes privados a su alrededor, con piscina y campo de deportes incluidos. Una de aquellas tiendas caras era la zapatería donde trabajaba Joaquín y en la misma calle, unos portales más arriba, se encontraba la mansión que era la casa de Ana. Su padre, don Ernesto Silva, de cincuenta y ocho años, era un hombre muy rico, un conocido empresario dedicado a la fabricación de maquinaria agrícola, que había quedado viudo hacía veinte años de su esposa doña Laura Vidal. Doña Laura murió en el parto de Ana y desde entonces padre e hija vivían juntos, asistidos por su criada Micaela, sin que don Ernesto hubiera pensado nunca en volverse a casar. Ana era una estampa de su madre. Era tal el amor y la devoción que don Ernesto tuvo a su difunta esposa y tan grande el parecido físico que Ana tenía con ella, que don Ernesto nunca sintió el deseo de volverse a casar; veía a su esposa en su hija Ana a cada momento del día, no solo en su fisonomía sino también en el tono de su voz y en sus gestos más cotidianos, y todo aquel amor que antes dedicaba a su mujer, y que la muerte interrumpió brusca e inesperadamente, desde hacía veinte años lo depositaba por duplicado en su hija.

Joaquín vivía en un piso pequeño de dos dormitorios, con su madre, Marta Santos, viuda desde hacía dos años, y que no podía permitirse salir a la calle, ya que su hermana Sonia, de quince años, sufría de parálisis cerebral y necesitaba vigilancia constante. Vivían humildemente, pues en la casa no había más ingreso que el escaso sueldo de Joaquín, al que se añadía la escasísima pensión de viudedad de su madre y una aún más pequeña pensión por la discapacidad de su hermana, teniendo por contra que soportar una carga mensual de un préstamo hipotecario del piso, del que aún quedaban varios años para terminarlo de amortizar, además de los gastos propios de una familia, como la alimentación, la energía o el vestuario. Siempre estaban cortos de dinero y, en ocasiones, se veían incluso obligados a suprimir determinados alimentos de su dieta por no estar a su alcance.

Llevaban un año saliendo juntos y, ante la imposibilidad de hacerlo en casa de Joaquín, siempre hacían el amor en casa de Ana, aprovechando las frecuentes ausencias de su padre y con la complicidad de Micaela, la sirvienta. Durante este año su amor había crecido hasta el punto de que ambos sentían la necesidad diaria de verse aunque solo fuera un instante, momento que aprovechaban para darse un abrazo y un fugaz beso en cualquier rincón. «Pídeme la vida y me abriré el pecho y te entregaré mi corazón», le decía Joaquín, «yo por ti atravesaría el infierno en llamas» le respondía Ana, entre besos y caricias.
 
II

Todas las tardes, al salir de su despacho, don Ernesto acudía al Círculo Mercantil e Industrial, del que era socio, y allí se encontraba con su amigo don Víctor Marín; leían el periódico, charlaban de política y comentaban la marcha de sus negocios. Don Víctor era un potente empresario dedicado a la fabricación de cámaras frigoríficas industriales, que se casó con doña Carolina Medina, una rica heredera que a la muerte de su padre heredó una cuantiosa fortuna y que, acertadamente, la puso en manos de su marido, quien la supo administrar con prudencia y sabiduría, decuplicándola en los veinticinco años que llevaban casados. Era padre de Julián, de veinticinco años, que recientemente había terminado la carrera de Derecho.

- Víctor, ¿qué tal tu hijo?, ¿tiene novia? -preguntó don Ernesto una de aquellas tardes.

- Muy bien y muy guapo, pero de novia nada. Ha estado dedicado a los estudios y se ha olvidado de que hay mujeres en el mundo. Ya es abogado ¿lo sabías? Se ha especializado en Relaciones Laborales y ahora trabaja conmigo y se encarga de todos los asuntos relacionados con el personal de mi fábrica. Le he acondicionado en nuestras oficinas un magnífico despacho en la planta diez con unas espléndidas vistas de la ciudad -respondió don Víctor.

- A ver, Víctor, quiero decirte algo que llevo pensándolo desde hace algún tiempo, ¿a ti que te parecería si nuestros hijos se casasen?, ¿cómo verías lo de unir nuestras familias? -preguntó don Ernesto−. Don Víctor, que no esperaba aquella pregunta, se quedó en suspenso durante un momento.

- Pues nunca lo había pensado, pero a mí no me parecería mal. Claro que en este caso son nuestros hijos los que tendrían la última palabra. De momento, ni siquiera se conocen. -contestó don Víctor.

- A mí mi hija me obedece en todo. Bastaría que tu hijo le gustase un poco para que accediera con gusto a mi petición de casarse con él. Claro que tendría que ser con una condición -don Víctor al oír hablar de condiciones adoptó una actitud expectante−. Alguna vez te he comentado el gran parecido que tiene mi hija con su difunta madre -don Víctor asintió con la cabeza−. Pues ese parecido a mí me hace la ilusión de que mi inolvidable Laura está viva y que sigue a mi lado, viviendo junto a mí. Sé que es una alucinación pero no quiero que ese espejismo desaparezca de mi vida y mi deseo es que, una vez casada, mi hija siga viviendo en mi casa, cerca de mí. La casa, como bien sabes, es lo suficientemente grande como para que vivamos los tres y los niños que vengan sin interferirnos; estoy seguro que, teniendo a mi hija tan cerca, yo seguiré sintiendo la presencia de mi Laura acompañándome durante el resto de mis días.

- Te entiendo -repuso don Víctor− Yo te sugeriría que no le planteemos este asunto a nuestros hijos como una orden, porque podemos encontrarnos con una reacción contraria. Ya sabes, los jóvenes no entienden estas motivaciones y su rebeldía juvenil aflora cuando menos lo esperas. Se me ocurre que organicemos un encuentro que parezca casual o mejor hagamos juntos un viaje o una excursión que dure un par de días y así se verán obligados a estar juntos durante todo ese tiempo. Si se gustan, Eros hará el resto -don Ernesto rió de buena gana ante esta última expresión de don Víctor.

- Bien, me parece bien. Mira, precisamente me estoy acordando en este momento que la semana que viene hay una feria de maquinaria agrícola en Zaragoza donde tú también puedes encajar tus máquinas frigoríficas porque acuden muchos agricultores que tienen en sus fincas instalaciones destinadas a la manipulación y envasado de sus productos agrícolas, que luego los tienen que conservar en frío. Tú puedes decirle a tu hijo que te acompañe por si surge algún asunto en el que tenga que intervenir como abogado; yo a mi hija no tengo que convencerla porque habitualmente me acompaña a estos eventos.

Durante los dos días y dos noches que duró la estancia en Zaragoza se alojaron en un hotel y los padres buscaron excusas para que los jóvenes se quedaran solos el mayor tiempo posible y pudieran conocerse e intimar. Julián quedó encantado con Ana; la veía guapa, simpática, educada y deseable. Ana, en cambio, aun no desagradándole físicamente Julián, después de un rato de charla, lo encontró fatuo y superficial; todo el tiempo lo estuvo comparando mentalmente con Joaquín y no encontró ni en su cabeza ni en su corazón la posibilidad de sustituirlo. Alguna que otra vez había hablado con su padre de la posibilidad de una relación con miras al matrimonio y era consciente de que su padre deseaba para ella alguien que tuviera una elevada posición social, con algún título académico y si además era adinerado, mejor que mejor. Su instinto le dijo que aquel viaje y aquellas facilidades para dejarla sola con Julián tanto tiempo no eran casuales. Conocía a su padre y sabía la importancia que daba a estos asuntos relacionados con el poder económico y con el abolengo y la nobleza de los apellidos; esa era la razón por la cual, después de un año, Ana todavía no le había hablado de la existencia de Joaquín y de su relación con él. Su padre anteponía los entorchados de los apellidos ilustres, de los títulos académicos, y no digamos ya de los títulos nobiliarios, a otras virtudes morales que adornaran a las personas, como la bondad, la sinceridad o la fidelidad, no considerándolas como virtudes sino como defectos; para él solo eran escrúpulos inútiles y contraproducentes que impedían a los hombres alcanzar los éxitos en la vida para llegar a la cumbre.

A la noche siguiente del regreso a casa, Ana entró en el despacho-biblioteca, donde don Ernesto solía ver en su ordenador los asuntos de la empresa cuando estaba en casa, y le planteó a su padre su relación con Joaquín. Le contó quién era, le dio detalles de su familia y de su trabajo, le dijo que llevaban un año de novios, que era una gran persona, con mucha bondad y mucha nobleza, que estaban los dos muy enamorados y que ella lo quería con toda su alma. Nada de esto sirvió para conmoverlo. La actitud de don Ernesto fue de una negativa cerril, nunca aceptaría una boda como aquella y menos con un don nadie que seguramente venía a por su dinero. Ana se levantó de la silla que ocupaba y se marchó del despacho dando un portazo tras de sí, después de dejar clara su firme decisión de continuar con la relación y dejando constancia de que Joaquín era el hombre que amaba y sería el padre de sus hijos.

Pasó un mes y la pareja seguía viéndose pero con menos frecuencia que de costumbre. Ahora que don Ernesto sabía de la existencia de Joaquín y de la relación con su hija, Ana no las tenía todas consigo y no le extrañaba que su padre le hubiera puesto un detective que podía sorprenderlos en su propia casa. Por otra parte, ahora don Víctor, acompañado de Julián, visitaba la casa a menudo y Ana se veía obligada a estar presente en las visitas y conversar con Julián en un lugar apartado, teniendo que aparentar una atención y una cortesía que no sentía. No es que le resultara rechazable el contacto con Julián pero le molestaba la intención con la que su padre provocaba aquellos encuentros con el propósito de forzarla a aceptar una relación que ella no deseaba. En uno de aquellos encuentros, cuando se encontraban en medio de una de aquellas conversaciones anodinas, Julián la interrumpió y, cogiéndole las manos, le dirigió unas palabras que pretendían, sin lograrlo, ser apasionadas.

- Ana, tú me gustas mucho. Ya sé que estos encuentros suenan a una imposición de nuestros padres. A nuestros padres les encantaría que nuestras familias quedasen emparentadas. Ya sé que en este asunto lo que prima es el dinero, pero mi padre me dijo que él aceptaría gustoso nuestro matrimonio solo en el caso de que lo hiciéramos sin que ninguno de los dos nos viéramos forzados a ir en contra de nuestros sentimientos. Yo, por mi parte, después de conocerte, me casaría contigo muy a gusto. Lo único que te pido es que, por favor, me digas si hay algo en mí que no te guste o te desagrade y hablaré con mi padre para decirle que hasta aquí hemos llegado y lo dejamos -Ana escuchó aquellas palabras con agrado, incluso apreciando en ellas cierta carga de ternura y benevolencia que estaban en contraposición con la imagen que ella se había formado de su petulancia, y sin soltarse de las manos de Julián, le respondió con el convencimiento de que acogería sus próximas palabras con la comprensión y tolerancia del hombre de bien que parecía ser.

- Gracias Julián. Te agradezco muchísimo tu sinceridad, pero nuestro matrimonio no es posible. No hay nada en ti que me produzca ningún tipo de rechazo -le dijo Ana cortésmente- y creo que tienes cualidades que cualquier mujer apreciaría, pero el problema no está en ti sino en mí y es sencillamente porque amo a otra persona y no creo que pueda dejar de amarla.

Don Ernesto no había puesto a don Víctor en antecedentes de esta circunstancia y, por tanto, Julián también la ignoraba. Para sorpresa de Ana, Julián se quedó de piedra, su cara se demudó, adquirió una lividez cadavérica y en su semblante se dibujó una expresión mezcla de altanería y cólera contenida que la asustó e hizo que dudara si estaba ante una persona extraordinariamente voluble o ante un hipócrita que, además, era un buen actor que sabía fingir y ocultar sus sentimientos magistralmente.

III

Eran casi las once de la noche cuando Joaquín bajó del autobús. Como cada día, había echado la persiana de la tienda a las ocho y media de la tarde pero aquel día el dueño había pedido que se hiciera inventario y el personal se quedó dos horas más para efectuar el recuento de las mercaderías. Era una noche de sábado de finales de diciembre, la Luna estaba ausente y la noche se presentaba fría y cerrada. Aquel era un barrio obrero, situado en el extrarradio de la ciudad, con calles estrechas, desiertas y mal iluminadas, propicias a que algún carterista te asalte impunemente, pero aquella idea no le inquietaba demasiado porque no tenía que andar mucho trecho, ya que la parada se encontraba situada a dos manzanas de su casa. Cuando hubo andado unos treinta metros, vio salir de un portal tres figuras que se plantaron frente a él, a unos cinco o seis metros de distancia. La luz que proyectaba el alumbrado público era escasa y no apreciaba con claridad las facciones de aquellos individuos, pero era lo suficientemente intensa para distinguir que se trataba de tres hombres fornidos, más o menos de su misma estatura, y que cada uno de ellos portaba en su mano derecha una cadena de un grosor apreciable. Joaquín se paró en seco y se quedó mirándolos fijamente, tratando de adivinar qué significaba aquello y cuales podían ser sus intenciones.

- Hola Joaquín -le dijo el de en medio, al tiempo que los tres avanzaban hacia él unos pasos.

- ¿Quiénes sois?, ¿qué queréis? -preguntó Joaquín, alarmado.

- Queremos darte un mensaje -contestó nuevamente el de en medio y, como si aquella frase hubiese sido una contraseña, los tres lo rodearon y comenzaron a descargarle golpes de cadena. Durante un par de minutos, que a Joaquín le parecieron dos horas, estuvieron golpeándolo en todo su cuerpo; ocultó la cara bajando la cabeza, clavó la barbilla en su pecho y con las dos manos se cubrió la nuca al tiempo que con los brazos cubría ambos lados de su cara. Sintió los dolorosos golpes de cadena en su espalda, notando que eran dados con saña y con una extraordinaria furia. Cayó al suelo y se giró hasta ponerse boca abajo a fin de protegerse el pecho y el vientre; ahora los golpes, además de en la espalda, también los recibía en las piernas. Una voz dijo «Basta. No lo quiero muerto. Con esto creo que entenderá el mensaje. Escucha, cabrón, esto que has recibido hoy será miel y canela comparado con lo que recibirás sin vuelves a ver a Ana Silva. ¿Te ha quedado claro? Como vuelvas a verla volveremos y te arrancaré la cabellera, empezando por esa mierda de mancha blanca que tienes, y luego te cortaremos el cuello». Quedó tumbado en el suelo durante un rato hasta que consiguió levantarse y así, dolorido, cojeando y renqueante, pudo llegar a su casa. Su madre y su hermana dormían, llegó hasta su cama apoyándose de mueble en mueble y, vestido tal como estaba, se dejó caer boca abajo y enseguida se quedó profundamente dormido. Los autores de tan salvaje y brutal paliza habían sido Julián y sus dos amigos Alex y Héctor que, tras ejecutar su fechoría, tiraron las cadenas en el primer contenedor de basuras que encontraron y se metieron en un bar de copas a celebrar su cobarde proeza.

Cuando Joaquín le contó a Ana lo ocurrido, esta se llenó de rabia e ira. Joaquín no conocía a Julián y tampoco pudo hacerle a Ana una descripción precisa de la fisonomía de sus atacantes porque la calle estaba muy oscura, pero cuando Ana oyó a Joaquín hablar de que golpeaban con cadenas y le repitió la amenaza que le habían lanzado después de la paliza, Ana estuvo segura de que los autores habían sido Julián y sus inseparables amigos Alex y Héctor. Ese mismo comportamiento es el que utilizan habitualmente con sus adversarios políticos y con todos aquellos que no les gusta, como los homosexuales o los indigentes. Aquel incidente reforzó, aún más si cabe, su amor y continuaron viéndose con igual frecuencia pero sus encuentros ganaron en pasión. Ana habló con su padre de lo ocurrido, se quejó de su insensibilidad y le suplicó que le diera libertad para elegir como esposo a quien quisiera.

- Esto es injusto, papá. ¿Cuál es la razón para que dos personas que se quieren no puedan estar juntas? -le decía Ana, en tono de súplica, a don Ernesto, arrellanado en el sillón de su despacho.

- Porque la vida no es justa, mi querida niña. Porque tienes que hacerte mayor, madurar y entender que los lazos familiares y el estatus social al que pertenecemos establecen algunas incompatibilidades que no debemos vulnerar y nos impone ciertas reglas que estamos obligados a cumplir. Tienes que comprender que ese novio que tú tienes es incompatible con la posición social de nuestra familia y que tú estás llamada y obligada a colaborar activamente a su engrandecimiento, empezando por hacer un casamiento ventajoso. -respondió don Ernesto tajantemente, dando por zanjado el tema.

Era sábado y don Ernesto había quedado citado con don Víctor en el Círculo Mercantil e Industrial a instancias de este último. Charlaron de algunos asuntos empresariales pero don Ernesto sabía que no lo había citado para hablarle de aquellas cosas y, tal como esperaba, llegó el momento en que don Víctor abordó el tema.

- Ernesto, el asunto de los niños no ha salido bien. Mi hijo Julián está en muy buena disposición, casi diría que entusiasmado, pero tu hija no está por la labor y no quiere renunciar a ese novio que tiene. Creo que no debemos forzarlo más y que lo mejor sería abandonar la idea.

- Ni lo pienses, Víctor. Déjame a mí hacer un último intento y si no da resultado yo mismo te comunicaré mi renuncia. Creo que tanto mi hija como ese novio o lo que sea que tiene están obcecados y no ven la realidad. Déjame que haga un intento de hacerles entrar en razón -contestó don Ernesto.

- Muy bien, como quieras, pero me he enterado -y no me ha gustado en absoluto porque no apruebo esos métodos− que ese chico ya ha sufrido una dura lección de advertencia que, a pesar de la dureza del castigo, no ha servido de nada y la pareja sigue viéndose a escondidas. No me gustaría que este asunto terminara de mala manera -respondió don Víctor acompañando sus palabras con un gesto de preocupación.

- No te preocupes Víctor, que no llegará la sangre al río. Estoy acostumbrado a resolver estos asuntos y sé muy bien hasta donde puedo llegar y cuando tengo que parar -concluyó don Ernesto.

El lunes, don Ernesto llamó por teléfono a Lucas y le citó en su despacho para dos horas más tarde. Lucas era un tipo musculoso que medía un metro noventa y cinco y pesaba ciento treinta kilos, con mandíbula cuadrada, nariz chata de boxeador y un corte de pelo militar que añadía dos centímetros más a su estatura. Ya, con anterioridad, había ejecutado algunos encargos -siempre con éxito- que le había encomendado don Ernesto, como el solucionar problemas con facturas de cobro dudoso o convencer a alguien que se mostraba reticente a firmar algún contrato. Esta vez se trataba de un encargo mucho más fácil: solo tenía que convencer a un chico de veintiséis años de lo conveniente que sería para él y su familia romper la relación con su novia, y para que le fuera aún más fácil convencerlo le entregó un cheque de cincuenta mil euros que debía entregar al chico; en el caso de que lo convenciera, solo tendría que añadir al cheque su nombre y apellidos para para poder ir al banco y cobrarlo. Huelga decir que Lucas le transmitió este mensaje a Joaquín la noche que esperó su regreso y lo abordó a la puerta de su casa, mientras se entretenía limpiándose las uñas con una puntiaguda y afiladísima navaja de veinticinco centímetros de hoja que le colocó en su cuello mientras le hablaba, recordándole lo vulnerables que eran su madre y su hermana. La condición era que en el momento que tomara aquel cheque tenía que hacer una llamada a Ana y anunciarle que la relación se había terminado, que ya no la quería porque había conocido a otra chica de la que se había enamorado y que no quería hablar con ella nunca más. Después de esa llamada tendría que desaparecer de la vista de Ana, cambiando de domicilio y dejando el trabajo en aquella zapatería que quedaba tan próxima a su domicilio, ya nunca más podría conectar con ella, ni personalmente, ni por escrito, ni haciendo o recibiendo una llamada telefónica, comprometiéndose a cambiar de teléfono y evitar que su nuevo número llegara a conocimiento de Ana; si no cumplía con estas condiciones y contactaba con Ana por el medio que fuese, Lucas volvería y empezaría por «saludar» a su madre y a su hermana, reservando para él el último «saludo».

Ana creyó volverse loca. Primero pensó que aquella llamada no fue real, que la había soñado, que había tenido una pesadilla, y tuvo que mirar varias veces su teléfono para comprobar que la llamada se había producido realmente y había quedado registrada; después creyó que aquella voz parecía ser la de Joaquín pero que debía ser alguien que la imitaba, gastándole una broma pesada, pero cuando volvía a mirar su teléfono veía el nombre de Joaquín grabado en las llamadas entrantes. Estuvo llamando a Joaquín durante varios días y la voz femenina de la respuesta automática le decía que ese número no existía, acudió a la zapatería y le dijeron que Joaquín se había despedido y no conocían su paradero, y en su casa no había nadie o no abrían la puerta a sus llamadas al timbre. Joaquín había desaparecido del mundo.

Fue su padre quien le explicó la razón de lo que estaba ocurriendo. Le dijo que había querido poner a prueba ese gran amor que Joaquín afirmaba profesarle ofreciéndole una cantidad sustancial de dinero a cambio de que alejara de ella para siempre y que él había aceptado, con lo que quedaba demostrado que su amor no valía nada y que si alguna vez le había tenido algo de amor, este había sido tan débil o tan falso que lo había vendido por cincuenta mil euros. Para don Ernesto quedaba muy claro que lo único que Joaquín perseguía era su dinero. Naturalmente, don Ernesto se cuidó mucho de no mencionarle las amenazas de Lucas. Ana entró en un estado depresivo y sufrió una crisis de ansiedad que necesitó de medicación y asistencia psiquiátrica durante tres meses.

IV

A los seis meses de la ruptura con Joaquín se celebró la boda con Julián; una de esas bodas con banquete para seiscientos invitados, vestido diseñado por modisto famoso, cámaras de televisión y reseñas en las columnas de Ecos de Sociedad de los principales periódicos del país. Una vez casados, Julián se destapó como un hombre posesivo y desconsiderado, revestido de todos los atributos negativos que puedan otorgársele a un mal marido. Estaba afiliado a un partido radical de extrema derecha ocupando un cargo relevante. Sostenía que la naturaleza destinaba a la mujer a estar al servicio del hombre por ser genéticamente inferior a este; que su función natural era exclusivamente la de reproducción y crianza de los hijos, reservando para el hombre la inteligencia y la ejecución de todos aquellos actos encaminados a la evolución de la especie y al avance de la civilización. Tuvo algunas amantes que, para él, fueron de usar y tirar; al final solo se acostaba con prostitutas. Tal como había deseado don Ernesto, la pareja vivía en el chalet de Ciudad Jardín y cuando estaba su suegro cerca se abstenía de las peores ofensas, pero el resto del tiempo empleaba con Ana un trato grosero y despectivo. Con frecuencia obligaba a Ana en la cama a adoptar posturas eróticas que aprendía en los prostíbulos, y que a Ana le resultaban especialmente violentas o humillantes.

Catorce meses más tarde nació el primer vástago, que se llamó Ernesto por el abuelo. A Ana le sentó bien el embarazo; su vientre se abultó excesivamente pero tras el parto su figura volvió a recuperarse e incluso mejoró; se la veía espléndida, su piel había ganado en tersura, su figura se había estilizado y su rubia melena se había vuelto más sedosa y caía en cascada sobre sus hombros, dándole un aire de valkiria nórdica; lo único que contrastaba con tanta belleza eran su boca, que dibujaba una sonrisa con un cierto rictus de amargura, y el brillo de sus hermosos y alegres ojos verdes, que había desaparecido y se mostraban ahora tristes y apagados.

Tenía cita con el pediatra para las seis de la tarde. Cada tres meses llevaba a Ernesto, en un cochecito de paseo, a la revisión del pediatra y esta iba a ser la última ya que, después de los dieciocho meses de edad, tendría que hacérselas cada dos años. La consulta del pediatra le quedaba algo lejos pero, dado que no hacía mucho ejercicio físico en su vida cotidiana, solía ir andando para darse un buen paseo. Cuando salió de la consulta eran algo más de las siete. Frente a la consulta había un parque frondoso y, como quiera que hiciera una temperatura muy agradable y la tarde estaba radiante e invitaba a dar un paseo bajo los árboles, cruzó la calzada y traspuso la verja de entrada del parque. Dio varias vueltas a paso lento recorriendo los vericuetos del parque y, tal como había previsto, el paseo estaba resultando muy placentero; llenaba sus pulmones del aire limpio y perfumado por la arboleda y Ernesto reía viendo a los pájaros revolotear persiguiéndose por los parterres. Buscó con la vista un banco para sentarse un rato y seguir disfrutando de tan grato ambiente y divisó uno en el que había sentado un señor leyendo el periódico. El caballero que leía estaba sentado en un extremo del banco, así que ella se sentó en el otro extremo, colocó la sillita en el espacio intermedio y dio las buenas tardes, que fue contestada por aquel señor sin levantar la vista del periódico. Fue cuando una rebeca que llevada colgada del manillar de la sillita cayó accidentalmente al suelo y aquel hombre, soltando el periódico, la recogió y se la entregó en la mano, que Ana emitió un grito ahogado abriendo mucho los ojos y se llevó una mano a la boca; tenía ante sí a Joaquín. Por un momento ambos quedaron petrificados, mirándose a los ojos como si quisieran convencerse de que aquella visión era real.

- Hola Ana -dijo Joaquín, sin dejar de mirarla fijamente.

- Joaquín...?

- Sí, soy yo. No soy un fantasma -replicó Joaquín

- Yo... no sé si debo... −Ana hizo un movimiento para levantarse del banco.

- Espera Ana, por favor. No te vayas... déjame hablar contigo un momento -dijo Joaquín, y Ana volvió a sentarse adoptando una postura de atención que lo invitaba a seguir hablando.

- En estos tres años no he dejado de pensar en ti ni un solo día -dijo Joaquín, al tiempo que se humedecían sus ojos.

- No te creo. Demostraste que amabas más al dinero que a mí.

- ¿Eso crees? ¿Eso es lo que te ha contado tu padre? -dijo Joaquín, sintiéndose dolido.

- Aceptaste un cheque de cincuenta mil euros a cambio de alejarte de mí ¿o vas a negarlo?

- Sí, es cierto que acepté ese cheque porque se me dio a elegir entre dos opciones: o lo tomaba y me alejaba de ti vendiendo mi casa y marchándome a otra ciudad o trasladándome a otro barrio lo más alejado posible, despidiéndome de mi trabajo y cambiando de teléfono, o mi familia y yo mismo sufriríamos las consecuencias. Estas amenazas me las hizo en la puerta de mi propia casa un tipo grande y fuerte que mandó tu padre y que me puso una navaja en el cuello. Aquel individuo lo sabía todo sobre mí; no solo donde vivía sino también donde trabajaba, quienes eran mis amigos y cuales eran mis costumbres y mis horarios. Hablaba muy en serio, me convenció de que las amenazas que me hacía eran reales y que era muy capaz de hacer mucho daño a mi madre y a mi hermana; me dio la impresión de que ya lo había hecho otras veces -Joaquín terminó la última frase con lágrimas en los ojos.

- Oh, Dios mío. Ese hombre que me describes es un tal Lucas que mi padre lo contrata de vez en cuando como cobrador de facturas impagadas, según creo. Yo no sabía nada de esas amenazas. Mi padre me convenció de que tú habías renunciado a mí por dinero y yo creí que iba a morirme de la pena -Ana había tomado las manos de Joaquín y sus lágrimas corrían por sus mejillas.

En ese momento ambos se movieron acercándose, cogidos de las manos y deslizándose inconscientemente por el asiento del banco, hasta que sus cuerpos quedaron en contacto; lo que vino detrás fue como una reacción química. Sus bocas se unieron en un largo e intenso beso.

A partir de ese día la felicidad volvió a tener sentido para ellos. Durante tres largos años ambos habían pasado por el suplicio de intentar vivir de unos felices recuerdos que siempre terminaban ahogados por la tristeza de la ausencia de la persona amada. Habían alquilado un pequeño apartamento amueblado en una calle muy discreta, al que Ana le había dado su toque personal femenino, distribuyendo algunos ambientadores que crearon una atmósfera de aromática fragancia, adornándolo con flores artificiales que le dieron un alegre colorido y colgando algunos bonitos cuadros, entre los que destacaba el que colgó sobre el cabecero de la cama, que emanaba sexo y amor: un hermoso y potente caballo blanco cortejando a una preciosa yegua de igual color. Aquel apartamento, que habían convertido en su nido de amor, irradiaba efluvios con aromas de sexo. Durante los próximos meses estuvieron viéndose al menos un día a la semana. Ana dijo en casa que se había matriculado en un curso de cocina en el que se impartía una clase semanal los viernes a las siete de la tarde; si podía encontrar alguna excusa otro día, llamaba a Joaquín y volvían a reunirse.

Ana, por su parte, cada día que pasaba con Joaquín se le hacía más difícil dormir en la misma cama que Julián. Le puso como excusa que sus ronquidos no la dejaban dormir y terminaron durmiendo en habitaciones distintas. Llevaba dos meses sin hacer el amor con Julián, los mismos que llevaba acostándose con Joaquín, y aunque Julián no le insistía mucho porque sexualmente estaba satisfecho con sus putas, cada vez que se lo había pedido, Ana siempre le había puesto una excusa; o tenía jaqueca o estaba con la regla o estaba muerta de sueño. Pero Julián llevaba algún tiempo diciendo que quería tener otro hijo, a ver si conseguían que fuera una niña y harían una parejita.

Y llegó el día que Ana tanto deseaba y temía a la vez. Ella, que era bastante regular con la regla, llevaba ya tres o cuatro días de retraso y, para salir de dudas, entró en una farmacia y compró un predictor. La prueba dio positivo. Estaba embarazada. Muy preocupada, se lo comunicó a Joaquín y este, que creía firmemente en su sinceridad, inmediatamente supo que aquel niño era suyo.

- ¿Y qué vamos a hacer?, ¿quieres abortar? -preguntó Joaquín.

- ¿Abortar?... ¿abortar un hijo tuyo?... Antes prefiero morirme. Tener un hijo tuyo es lo que más deseo en este mundo.

- Pero hace casi tres meses que no haces el amor con él ¿Qué explicación vas a darle? -preguntó Joaquín, con cierta ansiedad. -Ana se quedó pensativa durante unos segundos y tomando a Joaquín de las manos al tiempo que escrutaba su mirada, le dijo: -No tengo más remedio que acostarme con él una sola vez. No veo otra solución, amor mío. Solo será una única vez. Fingiré un orgasmo y le haré creer que me ha dejado embarazada. Joaquín se estremeció ante la idea pero comprendió que esa era la única solución al problema.

Cuando aquella misma noche Julián llegó a casa eran casi las once y venía claramente borracho. Cuando salió de la oficina se reunió con sus amigos del alma Alex y Héctor, habían estado tomando copas y se habían pasado en unas cuantas de más. En casa acostumbraban a sentarse a la mesa para cenar a las nueve y media y habían estado esperando la llegada de Julián durante una hora; como quiera que no llegara habían cenado sin él. Su padre y ella, tras la cena, charlaban sentados en el sofá. Micaela ya había recogido la mesa y se había vestido para marcharse a su casa, hoy con una hora de retraso. Ana le preguntó si quería algo para cenar, a lo que Julián contestó que ya había consumido unas tapas en el bar y no tenía hambre. Aquella noche se mostraba algo más simpático que de costumbre, estaba chistoso, incluso le dio un ligero abrazo a don Ernesto y le depositó un beso en la cabeza; a Ana le hizo una carantoña en la cara y le agitó cariñosamente la barbilla.

- ¡He estado tomando unas copas con mis amigos, Héctor y Alex, los mejores amigos del mundo! -dijo con cierta dificultad de pronunciación debido al alcohol. - Me voy a tomar la penúltima ¿suegro, quieres una copa? -y se sirvió un whisky sin hielo.

Solo bebió un par de sorbos pero el efecto fue fulminante. Julián estaba tan borracho que Ana tuvo que pedirle a Micaela que antes de irse la ayudase a subirlo por las escaleras que llevaban a los dormitorios de la planta alta de la vivienda. Entre las dos lo tumbaron en su cama y le quitaron toda la ropa hasta dejarlo en calzoncillos; después de eso Ana despidió a Micaela diciéndole que podía marcharse a su casa y que ya se ocupaba ella del resto. Acababa de tener una gran idea y la iba a poner en práctica enseguida.

Cerró la habitación corriendo el pestillo interior y a continuación se quitó toda la ropa excepto las bragas y se acercó a la cama. Julián seguía farfullando tonterías y cuando la vio desnuda le dijo: - ¡Joder Ana...que buena estas! Ven, acuéstate con tu marido y cumple con tu obligación de esposa, que hace mucho tiempo que no jodemos... −Ana le quitó los calzoncillos y se tumbó a su lado.

Julián, tendido de costado a lo largo de la cama, comenzó a acariciarle los pezones y Ana observó como su p**e iniciaba una erección, pero sin llegar a la potencia necesaria para una p*********n; luego Julián la besó y bajó su mano hasta la entrepierna encontrándose con las bragas, que aún seguía teniéndolas puestas, y comenzó a frotarle los labios de su vulva. Y en ese momento, cuando Julián contrajo los músculos de su cara y apretó muy fuerte sus pechos, fue cuando Ana se percató de que Julián estaba teniendo un orgasmo; bajó la mirada hasta su p**e medio flácido y vio que estaba teniendo una abundante e*********n que terminó manchando la sábana bajera. Tras el orgasmo, casi instantáneamente, se quedó profundamente dormido. Ana se levantó de la cama, entreabrió la puerta de la habitación y como no viera a su padre, que debía de haberse acostado, cogió su ropa y avanzó desnuda por el pasillo hasta su dormitorio. Esa era la idea que había tenido y que había llevado a cabo con total éxito; mañana le haría creer que habían realizado un coito.

A la mañana siguiente, don Ernesto, como de costumbre, salió de casa a las siete y media sin desayunar; desde hacía años, en el bar de la fábrica le preparaban un desayuno especial para él, que consumía en su propio despacho. A las ocho sonó el despertador de Ana, se levantó y, como Micaela no llegaba hasta las nueve, bajó a la cocina y preparó café y unas tostadas. Cinco minutos más tarde apareció Julián con los signos típicos de una resaca; entornó la ventana de la cocina para que entrara menos luz, bajó el volumen de la radio que estaba escuchando Ana y con voz algo irritada, en lugar de dar los buenos días, preguntó: - ¿qué coño pasó anoche?

- ¿Que qué pasó? Pues te voy a decir lo que pasó. Pasó que estoy harta de tus borracheras. Pasó que tuvimos que subirte a tu habitación entre Micaela y yo. Pasó que entre las dos te tuvimos que meter en la cama y desnudarte. Y si solo hubiese sido eso me daría por satisfecha -contestó Ana de mal talante.

- ¿Ah, sí? ¿Por qué?, ¿qué más pasó? -inquirió Julián.

- Pues pasó que anoche con tu borrachera prácticamente me violaste, no una sino varias veces -volvió a contestar Ana aún de peor talante -la palabra violación despertó en Julián sus instintos machistas y le sonó agradable al oído.

- No me acuerdo ¿Cómo es eso? ¿Pues qué hice? -respondió Julián con tono ufano, casi adivinando la respuesta de Ana después de haber descubierto al despertarse aquella mañana la sábana manchada de su s***n.

- ¡Ah, no te acuerdas! ¿No te acuerdas?... ¿no te acuerdas que anoche me p********e varias veces forzándome? -contestó Ana en tono de reproche−. Con esta respuesta el ego de Julián se infló como un globo y no pudo evitar hacer un gesto de jactancia que evidenciaba lo orgulloso que se sentía de su machada.

Un mes más tarde Ana pensó que no sería suficiente con decirle a Julián que había comprado un predictor y le había dado positivo sino que, para dar más gravedad y repercusión a la noticia, fue a la consulta de su ginecólogo que, después de auscultarla y confirmarle su embarazo, le recetó algunos suplementos vitamínicos. Ana, al tiempo que le enseñaba las recetas a Julián, y con el fin de evitar en lo sucesivo sus requerimientos amorosos, que a estas alturas le resultaban repugnantes y aprovechando las ganas que tenía Julián de tener un segundo hijo, se inventó la historia de que el ginecólogo le había detectado cierta anomalía en el embarazo y le había aconsejado que durante el transcurso del mismo se abstuviera en absoluto de tener relaciones sexuales porque pondría en peligro su buen fin, corriendo el riesgo de sufrir un aborto. Con esto ya pudo dormir tranquila sabiendo que Julián no la asaltaría en su cama cualquier noche y, esta vez, la violaría de verdad.

V

Habida cuenta del tiempo transcurrido desde que Lucas le hiciera aquellas amenazas y, como quiera que don Ernesto había conseguido su objetivo de casar a Ana con Julián, tanto Joaquín como Ana entendieron que don Ernesto se habría dado por satisfecho, ya que nunca volvió a hablar de aquel asunto y parecía olvidado del mismo; así pues, dando por seguro que el peligro había desaparecido, Joaquín aceptó de nuevo el puesto de encargado que Calzados La única le volvió a ofrecer en la misma tienda del barrio de Ciudad Jardín, que tan cerca quedaba del domicilio de los Silva. Aun así, Joaquín nunca se acercó ni volvió a pasar por delante de la puerta de la casa de Ana y esta nunca más volvió a entrar en la zapatería. Durante los meses siguientes vivieron momentos tan felices o aún más que los vividos durante sus dos primeros años de relaciones. Pasaban mucho tiempo en el apartamento; salían en pocas ocasiones porque les daba miedo a dejarse ver en lugares públicos; a lo sumo acudían a una sala de cine, desplazándose en taxi, entrando y saliendo cuando las luces de la sala estaban apagadas y sentándose en la última fila para ser los primeros en salir. En el apartamento se encontraban a gusto, lo pasaban bien charlando o viendo películas en la televisión pero, sobre todo, lo que más les gustaba era hacer el amor. En esta ocasión el vientre de Ana no se abultó tanto como en el primer embarazo por lo que estuvieron haciendo el amor sin ninguna dificultad hasta en muy avanzado estado de gestación, si bien se vieron muy complacidos cuando fueron descubriendo posturas que no solo les facilitaban la cópula sino que además eran asombrosamente gratificantes.

El día que Ana se puso de parto, Julián estaba de viaje. Eran las diez de la mañana cuando rompió aguas, sin haber tenido apenas dolores ni contracciones. Don Ernesto dejó a su nieto al cuidado de Micaela, con la orden de que se quedara aquella noche a dormir en la casa, ayudó a Ana a bajar las escaleras hasta el garaje y la trasladó en su coche hasta el hospital privado en el que estaba asegurado. Se formalizó el ingreso y le asignaron una habitación individual que no compartía con ninguna otra parturienta. Ya en la habitación, Ana buscó una ocasión para entrar en el servicio y avisar a Joaquín de que se encontraba hospitalizada, y también le hizo que anotara el número de la habitación y el del teléfono. Inmediatamente que Joaquín supo que Ana estaba hospitalizada, acudió al hospital y se acomodó en una mesa del bar restaurante situado en la planta baja. Aunque ya había desayunado en su casa, pidió café y unas tostadas y, cuando se las hubieron servido en la mesa, soltó el periódico que llevaba en la mano, abierto por la página de los pasatiempos, con un crucigrama iniciado y un bolígrafo al lado, para que todo el mundo supiera que la mesa estaba ocupada. Se levantó y subió a la planta donde se encontraba Ana, anduvo por el pasillo hasta pasar frente a la habitación y vio a don Ernesto sentado junto a la cama; Ana estaba distraída y no lo vio. Esta operación la repitió varias veces en las dos horas siguientes hasta que en unas de sus pasadas comprobó que don Ernesto ya no estaba. Se asomó a la habitación simulando ser alguien que buscaba a algún familiar sin estar seguro de donde se encontraba y entonces lo vio Ana. Solo estuvo un minuto porque don Ernesto podría volver en cualquier momento; se besaron, Joaquín comprobó que se encontraba bien y le dijo que estaría en el bar del hospital todo el tiempo.

A las cuatro de la tarde de ese mismo día la llevaron al paritorio. Fue un parto natural sin medicación para el dolor, muy rápido, más rápido aún que el primero, y se culminó sin la más mínima complicación. Ana estuvo todo el tiempo consciente e incluso le pusieron un espejo para que viera cuando el niño asomara la cabeza. Era un niño grande, con casi cuatro kilos de peso, aunque ya lo sabía por las ecografías. El médico cortó el cordón umbilical, hizo al bebé una revisión de rutina y se lo colocó sobre el pecho. En principio, con la emoción, Ana solo tenía ojos para comprobar que su bebé estaba entero, le contó los dedos de las manos y de los pies, le miró las orejas y los genitales; no fue hasta que se tranquilizó un poco cuando vio algo que le heló la sangre en las venas. El niño tenía en la cabeza un mechón de cabellos blancos que le arrancaba de la parte derecha de la frente y le cubría el cráneo unos tres centímetros.

Una hora más tarde se encontraba en la cama de su habitación dando de mamar a su bebé. Aprovechó un momento que su padre tuvo que salir de la habitación para ver al médico en su despacho y llamó a Joaquín para darle la buena nueva y de paso le advirtió del problema del mechón blanco. Don Ernesto miraba la blanca mecha del niño con sorpresa y curiosidad, la tocaba de vez en cuando pasándole las yemas de los dedos; no recordaba a nadie que hubiera tenido aquella marca en su familia y pensó que se debería a algún familiar de Julián. Ana lo miraba y se tranquilizaba diciéndose a sí misma que su padre nunca llegó a conocer personalmente a Joaquín y, por tanto, no podía relacionarlos. Julián había viajado a Alemania para una semana pero el nacimiento del niño había provocado que cancelara algunos asuntos y adelantara la vuelta dos días antes; estaría de vuelta mañana por la tarde. Ana, que sabía que Julián sí conocía a Joaquín, al menos de aquella vez que junto a sus amigos le propinaron una paliza, estaba segura de que establecería la relación en cuanto lo viera y no paraba de dar vueltas a la cabeza pensando en qué podía hacer, sin encontrar una solución satisfactoria al problema.

Don Ernesto necesitaba acudir a su despacho a resolver algunos asuntos y, viendo que su hija se encontraba en perfecto estado, le dio un beso y se despidió hasta mañana. En el momento que su padre salió de la habitación, Ana llamó a Joaquín para advertirlo. Desde la mesa que ocupaba en el bar del hospital se divisaba la puerta de salida e inmediatamente que colgó con Ana vio salir a don Ernesto. Le faltó tiempo para subir la escalera, sin esperar al ascensor, salvando los peldaños de dos en dos, para conocer a su hijo.

A la mañana siguiente, como quiera que Ana se encontrara en muy buen estado, le dieron al alta y don Ernesto la trasladó a casa. Julián llegó por la tarde y cuando vio al niño se le heló la sonrisa en la cara. Vio en el lívido rostro de Julián aquella expresión de rabia contenida que en tantas ocasiones había tenido que sufrir cada vez que su marido sufría un contratiempo y que solía venir acompañada de una gran bronca, con insultos y algunos golpes y bofetadas, para terminar con alguna que otra silla rodando por los suelos o alguna porcelana hecha añicos. Esta vez se trataba de algo más que un contratiempo y, sin embargo, no ocurrió nada de eso. Julián apretó las mandíbulas, cerró fuertemente los puños y cerró los ojos; así estuvo casi un minuto hasta que dio media vuelta y se marchó sin decir ni media palabra, encerrándose en su dormitorio.

A la noche, don Ernesto se sentó en su cama, le acarició la cara y le dio un beso en la frente.

- Él dice que no es suyo ¿es cierto? -preguntó, acariciándole el pelo.

- Sí, es cierto -contestó Ana

- ¿Cómo has llegado a hacer una cosa así, hija?

- Porque no lo quiero, papá. Porque no lo he querido nunca pero ahora, desde hace tiempo, lo aborrezco y me da asco.

- Tu educación y tu formación tenían que haber sido tu guía. Tenías que haber sufrido con resignación cristiana tu suerte.

- ¿Resignación cristiana? ¿Crees de verdad que tendría que haber soportado sus infidelidades diarias con putas de la más baja estofa y aguantar todas las humillaciones a las que me sometía en la cama para practicar conmigo lo que aprendía con aquellas guarras, exponiéndome al riesgo de contagiarme alguna enfermedad venérea, por resignación cristiana? ¿De verdad crees, papá, que Cristo afirma que una esposa está obligada a aguantar eso? ¿Y los golpes, las bofetadas y los insultos, también está una esposa cristiana obligada a padecerlos? Tú vives con nosotros y has oído muchas veces nuestras peleas ¿te parecía que eso fuese normal o cristiano en una pareja? ¿Era así como mamá y tú os comportabais? Me casé con él porque tú me obligaste. Me engañaste cuando me contaste que Joaquín había renunciado a mí a cambio de dinero y no me dijiste nada de las amenazas que le hiciste a él y a su familia. ¿Te parece eso cristiano, papá? Acusaste a Joaquín de amar más al dinero que a mí, y tú, por dinero y para engrandecer tu empresa, sacrificaste mi amor, grande y sincero, con métodos que me da vergüenza calificar -don Ernesto pasó de la sorpresa al rubor y la turbación antes de contestar

- Lo siento, hija...no sabía nada...yo no imaginaba que...

- Papá, déjalo, olvídalo. El daño ya está hecho, sin remedio. Es mejor que no intentes justificarte. Y ahora, ¿qué crees tú que hará Julián?

- Dice que no puede pasar por esto...y ha hablado de divorcio ... Que quiere que le des el número de teléfono de Joaquín porque quiere hablar con él, aunque sea por teléfono, para saber si se va a casar contigo y fijar algunos términos relacionados con los niños...Ya sabes, es abogado...

- Ojalá sea así, papá. Ojalá.

Julián llamó a Joaquín, que ya esperaba la llamada porque estaba previamente avisado por Ana, y empezó disculpándose -Joaquín quiero empezar por pedirte disculpas por lo que te hice hace tres años. Estaba muy celoso, sé que hice mal y lo siento. Creo que todo lo que ha pasado lo tengo bien merecido. Desde el primer día sabía que Ana no me quería a mí sino a ti y a pesar de eso la obligamos a casarse conmigo. Tarde o temprano esto tenía que ocurrir -la voz de Julián sonaba convincente, parecía compungido y verdaderamente arrepentido.

- Has hecho mucho daño... -comenzó a decir Joaquín

- Lo sé, lo sé, y quiero repararlo. Me divorciaré de Ana y me iré al extranjero. Hace tiempo que me ofrecieron un puesto en un bufete de gran prestigio en Argentina y pienso aceptarlo ahora, pero como no pienso volverme a casar no me llevaré a mi hijo Ernesto, aunque puedo hacerlo por ser yo el agraviado. Creo que estará mejor junto a su madre y estoy dispuesto a cederle la custodia a Ana y si, como supongo, tú te vas a casar con ella tendrás que aceptarlo y convertirte en su padrastro. He redactado un documento por el cual renuncio a la patria potestad sobre Ernesto y me comprometo a ciertas obligaciones en relación con su crianza y educación. Me gustaría que acudieses a mi despacho esta tarde para firmar este documento. Si te viene bien podemos quedar a las nueve de la noche, que ya ha terminado la jornada laboral y nadie nos molestará. Creo que conoces el domicilio de nuestras oficinas; mi despacho se encuentra en la planta diez.

- De acuerdo, allí estaré.

A la hora acordada, Joaquín llegó al edificio en el que se ubicaban las oficinas de la empresa ocupando dos plantas completas, la novena y la décima. Eran la nueve y cinco de la noche y el edificio debía de encontrarse prácticamente desierto ya que en la fachada no se veían encendidos más de cuatro o cinco despachos. Atravesó el solitario vestíbulo, cruzó frente al mostrador del conserje, que en ese momento se había ausentado y se veían en su mesa sus gafas y un libro abierto que debía estar leyendo, y se dirigió hacia los ascensores. Llegó a la décima planta y al salir del ascensor se encontró en un amplio vestíbulo con las paredes revestidas con paneles de madera y en el frente el rótulo de: Víctor Marín - Frío Industrial. Internacional y un directorio en el que veían los números de los despachos y los nombres de sus ocupantes. Desde el vestíbulo arrancaban dos pasillos, uno a izquierda con los despachos con números impares y otro a la derecha con los números pares.  El despacho de Julián era el 1005, así que tomó el de la izquierda e inmediatamente distinguió el número en la puerta del despacho que hacía de fondo en el pasillo. La puerta se encontraba entreabierta, dio unos golpecitos con los nudillos y empujó suavemente la hoja cuando oyó la voz de Julián.

- Sí, adelante -Joaquín terminó de abrir la hoja, pasó al interior y cerró tras de sí.

Era un despacho de grandes dimensiones, con cuatro grandes ventanales que cubrían todo el lateral de la fachada del edificio, y con el suelo enmoquetado. A la derecha de la puerta estaba la mesa, con Julián sentado tras ella en un sillón de respaldo alto, y delante de la mesa había dos sillas confidentes; en la parte de la izquierda había un sofá con dos butacas y una mesita rectangular, un armario librería y, al fondo, dos puertas que Joaquín pensó se trataría de un cuarto de aseo y posiblemente algún archivo o tal vez un vestidor. No le dio tiempo a observar más. De improviso una de las puertas del fondo se abrió y salieron dos individuos, uno de ellos empuñando una pistola. Inmediatamente Joaquín se acordó de la noche que recibió aquella paliza y, aunque en la calle no había mucha luz, identificó a los dos individuos por el aspecto de su fisonomía y también por su estatura y su corte de pelo militar, idéntico al que llevaba Julián. Aquellos eran Héctor y Alex, los inseparables o quizás los guardaespaldas de Julián, y también recordó que Ana le contó que a los miembros destacados del partido donde militaba Julián les gestionaban un permiso de armas y le asignaban una pistola Beretta 92 FS, como la que empuñaba aquel tipo. Los dos rufianes lo flanquearon por ambos lados y cada uno lo cogió por un brazo llevándolo casi en volandas hasta la mesa, tras la cual se encontraba sentado Julián. Este lo miró fijamente y le afloró una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

- Eres un cabrón -le dijo-, pero tan ingenuo que casi me da pena de hacerte lo que te voy a hacer. ¿Me crees tan gilipollas como para cumplir lo que te dije por teléfono? -Joaquín estaba paralizado. Había creído en las palabras de Julián y no se esperaba aquello. - ¿Te habías creído que puedes ir por ahí haciendo lo que te dé la gana y desafiando a los que somos superiores a ti? ¿Quién te ha dicho que Ana era mujer para ti? Ana está años luz por encima de tu miserable persona, Ana para ti es inalcanzable, gusano. ¿Creías que te ibas a salir con la tuya impunemente, mancillando la honra y la hombría de una persona como yo? No, imbécil, no. De ninguna manera. Ahora pagaras por tus errores y por tu estúpida arrogancia.

Julián abrió uno de los cajones de su mesa y extrajo una pistola, idéntica a la que portaba aquel otro tipo, al tiempo que le ordenaba - Héctor, abre esa ventana-. Joaquín adivinó enseguida lo que pretendían hacer; lo iban a defenestrar desde una altura de más de treinta metros. Rápidamente pensó en las posibilidades que tenía para escapar de aquella situación y, sin dudarlo, dio una sacudida soltándose del agarre de la mano de Alex y se abalanzó sobre Héctor en el momento que acababa de abrir la ventana de par en par, con objeto de arrancarle la pistola de la mano. Joaquín cogió a Héctor por sorpresa y consiguió su objetivo, con la mano izquierda le dio un tirón de la pistola y, haciéndose con ella, la pasó a su mano derecha, pero el choque fue tan violento que Héctor, que aún se encontraba de cara a la ventana, salió lanzado hacia delante, intentó aferrarse con una mano a una de las jambas y falló. Joaquín hizo un intento de agarrarlo por detrás para impedir su caída pero no llegó a alcanzarle y Héctor se precipitó al vacío. Cayó en silencio, no emitió ningún grito como suele verse en las películas. Los tres se quedaron petrificados hasta que se oyó el golpe seco del impacto en la calzada y en ese momento Julián disparó sobre Joaquín. Este vio a tiempo la intención de Julián y se movió para escapar al disparo pero no lo hizo con suficiente rapidez y recibió un balazo en el brazo izquierdo. Fue un dolor intenso que le hizo dar un grito y cayó al suelo, rodó por la moqueta con la intención de alejarse, mientras Julián salía de detrás de la mesa acercándose hacia él apuntándole con la pistola con la intención de rematarlo en el suelo. Fue entonces cuando Joaquín, desde el suelo, hizo cuatro o cinco disparos sobre Julián de los que solo dos le acertaron; uno de ellos le impactó en un hombro pero el otro entró por la papada y le salió por la nuca. Julián se desplomó de espaldas al suelo y quedó tendido con los brazos abiertos y los ojos desmesuradamente abiertos. Alex había desparecido.

VI

El conserje, que era un miembro armado de una empresa de seguridad, fue el primero en ver el cadáver pero no perdió la calma. Cuando oyó el golpe en el exterior salió a ver qué había pasado y se encontró con el horrible espectáculo; Héctor había caído de cabeza, el cráneo, al romperse, se había abierto y los sesos aparecían esparcidos por el asfalto y salpicaban la pared del edificio. Parecía un hombre curtido en estas lides y no se impresionó demasiado, miró hacia arriba y vio que la ventana del décimo estaba abierta y la luz encendida e inmediatamente llamó a la policía.

Cuando la policía entró en el despacho Joaquín seguía en el suelo; lo encontraron sentado sobre la moqueta empapada de sangre, con las dos manos agarrándose la cabeza y los codos apoyados en las rodillas, balanceándose adelante y atrás rítmicamente; la pistola, la había arrojado y se encontraba en el suelo a un par de metros de distancia. El primer policía que entró, al ver el sangriento escenario, empuñó su arma y, sin dejar de apuntarle, se acercó a Joaquín lentamente hasta que llegó junto a la pistola y la alejó aún más de una patada. Detrás entró el segundo agente, que fue quien le puso las esposas y llamó por radio pidiendo hablar con el comisario para informarle.

La policía científica, en el minucioso registro que hizo en el despacho de Julián, encontró una grabadora y una cámara instalada disimuladamente, que Julián utilizaba para grabar aquellos encuentros que tenía, tanto si se trataba de asuntos de negocio como si eran encuentros políticos con sus correligionarios, para así poder chantajear a quien quisiera. Los policías vieron y oyeron la grabación de todo lo ocurrido, que coincidía con la versión que había dado Joaquín de los hechos e inmediatamente detuvieron a Alex, que fue identificado por Joaquín como partícipe.

Salió libre de la comisaría al mediodía del día siguiente. En la puerta le esperaban Ana y don Ernesto que al verlo salir acudieron hacia él y lo abrazaron. Ana le dio un apasionado beso y le puso a su hijo en sus brazos; a don Ernesto le corrían dos lágrimas por las mejillas y, abrazado a él, le pidió perdón por todo el daño causado.

Sevilla, Junio de 2018

F I N

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